Categorías

Cuando te registras en una lista de correo, pasas a formar parte de una de esas categorías. Recibes un email de bienvenida, y si te borras, probablemente otro donde te digan cuánto lamentan que te hayas marchado. Estás en una categoría.

Cuando compras un producto o servicio, en muchas ocasiones ocurre lo mismo. Seguramente recibas un correo agradeciéndote la compra, y a partir de ese momento, recomendaciones varias basadas en tu actividad o recordatorios para volver a comprar si hace tiempo que no lo haces. Y todos los correos te saludan personalmente, con tu nombre encabezando. De nuevo estás en una de esas categorías.

Nadie te conoce, solamente ese omnipresente y metódico sistema que no olvida nada.

Se trata de algo útil. Y cómodo. Algo que se hace una vez y funciona miles de ellas. Todo gracias a las categorías.

Te hace sentir bien. El sistema lo sabe, y la persona que lo ha creado. Y antes, la persona que lo ha puesto en marcha y la que le ha recomendado hacerlo, pensando en cómo hacer sentir bien a tantas otras sin la necesidad de tener que saber sus nombres o quienes son.

Las categorías funcionan para muchas cosas. Y ahora, también para muchas personas. Hemos llegado al punto en que nos satisface saber que alguien se acuerda de nuestro nombre o cumpleaños, incluso si se trata de una máquina que puede retener una cantidad casi ilimitada de datos.

Te da igual. Sea el tipo de categoría que sea y represente lo que represente, te hace sentir especial formar parte de algo. Aunque ese algo sea prácticamente nada.

Instantaneidad

Todo está ocurriendo como consecuencia a la inmediatez y comodidad a la que nos hemos acostumbrado.

Cuando pides o te piden algo, lo quieres o lo quieren para ya. Cuando buscas algo, quieres hacerlo de la forma más cómoda y cuando compras algo lo quieres para ya. Rápido y fácil. Cuando necesitas una respuesta la quieres ya. Rápida, instantánea, inmediata.

Pero hay cosas que no pueden ser para ya y cada día cuesta más tolerarlas.

Estas cosas se inician, se desarrollan a través de un proceso que puede ser más o menos largo y, consecuencia del mismo, llega un momento en que comienzas a apreciar resultados. Pero ahora se busca iniciar y obtener, minimizando o incluso suprimiendo todo el proceso intermedio. Se busca el pack completo sin hacer parte del pago.

Es como querer conducir un fórmula 1 sin pasar, siquiera, por la autoescuela. Puedes aprender: preguntar, ver, escuchar… puedes trabajar y desarrollar todos los conocimientos y comportamientos necesarios para conducir un coche de ese tipo. Un proceso, un determinado plazo de desarrollo, y un resultado.

O puedes buscar la instantaneidad. Te montas directamente, despegas, y chocas en menos de 10 segundos. Y entonces te quedas magullado, no has aprendido nada sobre conducir ese tipo de coches —más allá de un modo de no hacerlo— y ahora ya no tienes ni coche porque lo has destrozado.

Y entonces es cuando la frase que todo el mundo espera aparece: «Conducir un coche de Fórmula 1 no es para mí».

En realidad, su significado es el mismo que: «He descubierto que para conducir un coche de Fórmula 1 necesito implicarme, dedicarme, y entregar mi tiempo y energía hasta aprender a hacerlo. Y no estoy dispuesto. Hay gente que nace sabiendo hacerlo pero no es mi caso». Comodidad e instantaneidad o nada. Responsabilidad huérfana. Y otro aprendizaje perdido.

Beneficio

Es curioso lo que ocurre con el beneficio. En muchas ocasiones, una parte se lo lleva a costa de que otra lo pierda. Esta vertiente es la menos interesante y duradera, rara vez suele repetirse para las mismas partes.

Pero también existen ocasiones en que algo representa un beneficio para todas las partes. Por ejemplo, en un proceso de venta o transacción en que una parte aporta lo que otra necesita, y ambas salen beneficiadas.

Los procesos de formación y aprendizaje en materias relacionadas con el desempeño de tus labores habituales siempre encajan ahí.

Existe un beneficio evidente para las organizaciones que forman a las personas que las componen. Todas ellas pueden tener acceso a mejores prácticas para maximizar la eficiencia y eficacia del trabajo que desempeñan, lo cual tiene una repercusión directa en la calidad y/o cantidad de su producción, sea cual sea. Poner en sus manos la posibilidad de aprender, desarrollar o mejorar sus habilidades tiene como consecuencia un mayor compromiso y desempeño por su parte. Y, además, despierta y potencia vínculos emocionales como el compromiso y la lealtad.

Por su parte, las personas que forman parte de la organización también salen beneficiadas. Adquieren o desarrollan ciertas habilidades que contribuyen a elevar su confianza y satisfacción con su trabajo y, cuanto menos, mejorar su capacidad de respuesta, perfil profesional y elegibilidad. Les permite crecer personal y profesionalmente. Y si un día el destino les lleva a un lugar diferente pueden llevarse su historial, sus éxitos y sus aprendizajes siempre con ellos.

La persona siempre se queda lo que gana. Y la organización siempre gana cuando dispone de activos más cualificados. La persona se compromete y fideliza con la organización que facilita que alcance sus objetivos. Y la organización retiene un talento que hoy, más que nunca, cuesta retener.

Sin embargo, por algún motivo, sigue existiendo una cierta tendencia a ignorar todo el beneficio que puede aportar el aprendizaje y el desarrollo de determinadas competencias.

Quizá porque sigan existiendo organizaciones que creen que las personas que las componen tienen la obligación de dar más por lo mismo, o puestos de responsabilidad que equiparan la presencia física al desempeño. Incluso profesionales que creen que aportan de más por lo que obtienen y que han suprimido todo vínculo entre quienes son, que hacen, cómo esto les define y la organización de que forman parte.

Para el resto, el aprendizaje y el desarrollo competencial sigue —y seguirá— siendo un winwin. Un beneficio incuestionable. Aprender constantemente, adquirir y mejorar ciertas habilidades y trabajar determinadas competencias transversales es el camino.

Competencia

Hace pocos días he recomendado un tweet. Y una entrada en LinkedIn. Recomiendo ese libro, y antes he recomendado a algún gran profesional. He hecho más recomendaciones aún, una larga lista, y voy a seguir haciéndolo. Y varias personas se han puesto en contacto conmigo para preguntarme por qué demonios recomiendo a mi competencia.

Fundamentalmente existen dos motivos.

El primero de ellos es que no se trata de mi competencia. En un mundo en que trabajar la efectividad personal se ha convertido en una necesidad, mi competencia es todo aquello que mantiene a las personas alejadas de hacerlo. La comodidad, la falta de perseverancia, o la creencia de que no se puede mejorar. La desinformación, o la información errónea en cualquier modo y forma.

Ese libro tampoco es competencia del mío. Están al lado, junto a cientos de miles más. Todos esperan que esa mayoría crítica de la población que se mantiene alejada de la lectura a causa de la verdadera competencia los descubra.

El segundo es que yo no puedo o quiero entregar todo lo que todo el mundo necesita. Ofrezco servicios del modo que quiero ofrecerlos y eso implica limitar la escalabilidad de mi negocio. Así es como deseo que sea.

La alternativa no es un mundo sin competencia en que pueda entregar todo lo que me sea posible. Ni lo deseable es un mundo en que todo lo que se entregue sea mío. La alternativa realmente beneficiosa para todas las partes es que se entregue aquello que sea de calidad y recomendable, lo entregue quien lo entregue. Porque hay demasiado que entregar y pocas personas preparadas y cualificadas realmente para hacerlo.

He trabajado con personas que definirían pensar de este modo como insensato, y ponerlo en práctica como síntoma de debilidad, inexperiencia y un suicidio comercialmente hablando. Sin embargo, en mi opinión hacer lo contrario solamente denota un ego desmedido y una profunda desconfianza en que la calidad de lo que entregas te posicione por sí mismo.

De un modo u otro aprendo de esos y otros profesionales cada día. Los recomiendo porque sé que valen con creces mi recomendación y ahora eres tú, que deseas o necesitas trabajar una competencia como es la efectividad personal, a quien corresponde elegir qué camino te beneficia tomar.

Ya que me has acompañado hasta aquí, quizá podrías reflexionar sobre qué o quién es realmente tu competencia.

En muchas ocasiones, no es lo que parece. Aún siéndolo, ten en cuenta algo importante. Quien encuentra soluciones a sus necesidades no solamente contrae una deuda de gratitud hacia quien se las aporta, sino también hacia quien le ha señalado el camino hacia ellas. Hoy puede ser un gran momento para comenzar a ejercer otra visión y recomendar a quien menos pensabas que lo harías. Es muy probable que alguien agradezca que pongas sus intereses primero.

Una buena elección

Cuando trabajas en una fábrica de coches todo se ve de un modo. Y es el modo con el que hemos crecido.

Si puedes producir cientos de chasis, carrocerías, miles de ruedas… pero solamente un motor, tienes un problema. Solamente sale un coche y vas a necesitar un almacén infinito que pronto se colapsará. Necesitas dirigir todos tus esfuerzos a mejorar el eslabón más débil de la cadena, y la producción mejorará en tanto seas capaz de mejorar ese aspecto.

Pero existen  otras situaciones en que todo funciona de un modo diferente.

En materia de aprendizaje y desarrollo de competencias, cada vez son menos los beneficios del equilibrio habiendo superado una barrera de corte inicial. Si eres una persona con grandes aptitudes para las matemáticas y simplemente correcta en letras, no es estudiar y mejorar tus conocimientos y capacidades en letras —y con ello un mayor equilibrio— lo que necesitas. Necesitas potenciar y amplificar tu inquietud, conocimiento y práctica en matemáticas.

El equilibrio tan buscado en ciertos aspectos de épocas pasadas está dejando paso a la maestría y dominio en campos específicos. Y cada vez es más gente la que se está dando cuenta.

Es importante saber detectar en qué situación de ambas te encuentras para hacer una buena elección. El resto llega, cuando has tomado el camino adecuado.

Ábrelo

Cuando existe demasiado celo en compartir manifiestas un miedo abierto a que te copien. Cuando eso ocurre le estás diciendo al mundo que todo el valor radica en ese producto o servicio y que ya no puedes aportarle nada ahora que ya existe. Que no puedes entregarlo de un modo diferente, ofrecerles un servicio de post-venta diferente o crear otra cosa valiosa.

Sin embargo, cuando sabes que puedes aportar valor a aquello en que te centres el celo desaparece. Puedes mostrarlo sin miedo porque hay más detrás, algo que no puede copiarse fácil ni rápidamente.

La gente sin confianza teme y cierra puertas, el resto las abre tranquilamente. Que lo vean, que lo prueben, que opinen. Si no funciona, hay más.