Finanzas personales

Seguro que tienes tus finanzas personales más o menos controladas.

Dispones de unos ingresos y ahorros finitos. Y al otro lado se encuentran tus gastos. Algunos los consideras ineludibles, aunque seguro que si tus ingresos se redujesen drásticamente valorarías —y harías— cambios sobre esa actual percepción de ineludibles. Luego se encuentran otros de los que podrías prescindir pero no quisieras. Y más allá otra categoría de gastos más, aquellos superfluos que te permites en más o menos ocasiones.

Y dentro de cada una de esas categorías están escalados. Entre los ineludibles, los hay más ineludibles que otros. Y entre los superfluos ocurre lo mismo.

Si por un momento pudieras olvidarte de tus ingresos, alzarlos hasta el cielo y más allá, tus gastos crecerían. Seguramente mucho. Pero la realidad obliga.

Lo tienes claro. Existe un activo que preservar y la curva no puede —no debe— invertirse.

Si está tan claro, ¿por qué motivo no haces lo mismo con tu atención?

Las diferencias entre su gestión y la de tus finanzas personales son mínimas. Un activo finito a preservar e infinitas opciones en las que invertir. Algunas aportan mucho, otras poco y otras nada.

Sin embargo, por algún motivo este caso no es tan evidente. O tan apremiante. Se sobrevive gestionándolo de forma poco adecuada. Gastas, derrochas tu atención sin tener en cuenta si el destino la merece, ni cual es tu saldo. Estás dejando de pagar el recibo de la luz para salir a cenar a un restaurante. Y esto tiene un coste que cada día se torna más y más evidente, por mucho que mires a otro lado.

Conversación sobre un gestor de listas ideal

Fiel a su cita quincenal llega un nuevo episodio del podcast Aprendiendo GTD.

En esta ocasión y siguiendo con la temática del anterior episodio, hemos charlado sobre qué le pediríamos al gestor de listas de nuestra elección para que realmente pudiéramos decir que es perfecto para nosotros.

Como te podrás imaginar, las propuestas son variadas. ¿Tú que le pedirías al tuyo?

Prisa mata

Ya lo has experimentado en muchas ocasiones, pero aún así tropiezas, y tropiezas, y vuelves a tropezar con la misma piedra.

Cuando llega a tus manos algo urgente, te pones a tratar de resolver ese asunto tan rápidamente que ni siquiera te tomas un momento para evaluar si realmente es tan urgente. Y algo no es urgente porque lo parezca, porque alguien te lo diga o porque socialmente se asuma que así sea. La consecuencia es que en ocasiones te pasas el día apagando fuegos que realmente aún no son ni chispa.

A continuación, inicias el camino hacia la resolución de ese asunto tan urgente sin apenas tomarte un segundo para pensar qué sería realmente lo mejor que podrías hacer para avanzar hacia su resolución en este momento concreto y en las circunstancias en que te encuentras. A causa de ello, apenas se produce avance. Y eso si tienes la suerte de avanzar, porque en ocasiones simplemente inviertes recursos en la dirección equivocada.

Y por último, te pones en marcha de forma torpe tratando de arañar segundos a los segundos para terminar por darte cuenta de que de ese modo terminas por tardar más que serenándote y abordándolo con calma.

Malas elecciones, una tras otra. Y te ocurre una y otra vez. Te das cuenta, juras y perjuras que no volverá a ocurrir pero no tardas en encontrarte de nuevo pensando en lo mismo de nuevo.

Las prisas son malas compañías. Para. Prisa mata. Eso oirás si te vas al Desierto del Sahara. Sabiduría popular forjada a través de los siglos en un lugar donde el tiempo para pensar sobra. Grábalo en tu mente y repítetelo en cada ocasión que las prisas llamen a tu puerta: Prisa mata.

Buenos tiempos, malas ideas

Cuando se complica, buscas el modo de volver atrás.

Y no solo atrás. A un atrás concreto. Buscas el modo de volver a un pasado conocido bien calificado. A los buenos tiempos, como suele decirse. Tienes grabada la imagen de esos momentos junto a todo lo que les caracterizaba, algo que en aquel momento simplemente funcionaba.

Ahí tratas de dirigirte, a lo bueno conocido. Mala idea. De hecho, es pésima. Los buenos tiempos tienen su momento, y esa es una característica que los convierte en irreproductibles. No vuelven, se generan otros nuevos.

Los nuevos buenos tiempos requieren de nuevas buenas ideas. Y las nuevas buenas ideas escasean, hacen falta un enorme puñado de ideas y un buen criterio de filtrado para conseguir alguna.

Así que si quieres reproducir los antiguos buenos tiempos, buena suerte. Y mi pésame a ese intento revestido de una sensación de presunta seguridad que nace condenado.

Pero si aspiras a crear unos nuevos, entonces tu siguiente acción es generar ideas. Comienza por ahí. Así sí puedes lograrlo. Y seguro que lo lograrás.

La palabra no es formación, es aprendizaje

Tampoco es estudio, ni certificación, ni evaluación, ni diploma, ni curso. Es aprendizaje.

El aprendizaje se produce de diferentes formas.

La formación debería tener que ver con facilitar el aprendizaje, pero también puede tenerlo con otras muchas cosas. Pueden primarse unas sobre otras. Puede ser una experiencia regular —e incluso mala— en que aprendas mucho, o una gran experiencia en que aprendas poco. Podría generar una falsa e irreal sensación de aprendizaje. Incluso puede obtener un feedback positivo en el que no estás valorando únicamente qué aprendes, sino varias otras cosas.

En ocasiones la formación puede representar atajos al aprendizaje, pero no en todas ni siempre en el mismo porcentaje. En algunas, la evaluación puede aportar resultados injustos y poco ajustados a la realidad. Y en otras la certificación puede reducirse a una línea en tu currículum. Un curso puede ser divertido y un diploma gratificante, pero ninguno de ellos es necesariamente equivalente al aprendizaje que buscas. Quizá en ocasiones ni siquiera sabes detectar con certeza la diferencia entre qué necesitas recibir y qué estás recibiendo.

Todos esos términos representan simples recursos. Algunos de ellos ni eso. Recursos hay millones, muchos de ellos a tu alcance. Están en todas partes, te rodean esperando que les prestes atención. Y sólo representan una parte del proceso de aprendizaje, porque aprender se basa en un proceso en el que intervienen varias partes y algunas pesan más que otras.

Necesitas compromiso. El compromiso se traduce en aprendizaje. Te mueve a conseguir los recursos necesarios, y te mueve a extraer lo mejor que pueden ofrecerte. Se alimenta de tus avances y te aporta las fuerzas necesarias cuando crees no tenerlas.

El compromiso es lo único que no puedes permitirte perder, es el motor. Y puede alimentarse de modos diversos. Rodéate de gente que quiere aprender antes que de gente que quiere formar. Contágiate de su empuje, ganas e ilusión. Aporta al grupo, contribuye a alimentar el entorno de apoyo, superación y reto continuo. Nunca ha sido tan fácil descubrir y contribuir. Arranca, equivócate, comparte, recibe, arranca de nuevo.

Sobre todo, el aprendizaje se produce cuando te abres y te entregas. Cuando tienes hambre de más. Y muchas personas juntas con hambre de más generan un impulso que no hay formación o certificación que puedan igualar. Ni diploma o título que puedan reflejar. No se mide, no se compra, no se califica. Pero existe, se siente.

¿Quieres formarte o quieres aprender? Es algo que debes plantearte, porque el camino no siempre es el mismo. Ni la inversión que necesitas hacer. Ni el retorno que obtienes. Demasiadas veces no lo es.

¿Disparas al cielo?

¿Sabes qué ocurre cuando disparas al cielo?

El proyectil arranca con un enorme empuje. Sin embargo existe una fuerza externa que lo frena a medida que avanza, de modo que llega un momento en que se detiene. Y cuando lo hace comienza a descender, ganando velocidad a cada segundo en descenso hasta que algo lo detenga. Esto ocurre a causa del campo gravitatorio de nuestro planeta y ocurrirá siempre mientras tu proyectil no salga del mismo. Si alcanza el punto en que esa atracción se pierde, fluirá libre de esa fuerza externa que lo condicionaba.

En tu interior existe un campo de este tipo. Disparas al cielo con frecuencia.

Asegúrate de hacerlo con suficiente fuerza, y de liberar en lo posible la trayectoria de tu proyectil para que ese germen se convierta en hábito. Es necesario que venza las fricciones iniciales y llegue a fluir. Y no olvides que los proyectiles caídos no son más que nuevas oportunidades para disparar al cielo de nuevo.

Sé más eficaz, parte 2 capítulo 23

Esta semana en el blog de Aprendiendo GTD analizamos «Sé más eficaz», parte 2 capítulo 23. Un capítulo que lleva por título No debes temer tanto pensar en tus asuntos.

A lo largo de este capítulo Allen te habla sobre el porqué que habitualmente motiva que huyas del proceso de pensar en tus asuntos, del cambio de enfoque necesario para dejar a un lado esa actitud, y de los enormes beneficios de comenzar a hacerlo del modo adecuado.

A riesgo de repetirme, tengo que recomendártelo. Tanto el análisis en Aprendiendo GTD como la fuente original, por supuesto. Las breves lecturas que incluye este libro son una excelente invitación a la reflexión y una fuente de inspiración para mejorar cada día.

¿Y si te pones en mi lugar?

¿Y si te pones en mi lugar? ¿O yo en el tuyo? Es una pregunta de moda. Existe la creencia de que comprender lo que siente o hace otra persona pasa, básicamente, por hacer el ejercicio honesto de ponerse en su lugar y ante sus actuales circunstancias.

Hace relativamente poco tiempo he caído en esta trampa ante el comportamiento inesperado de una persona. He tratado de ponerme en su lugar. Lo que ocurre es que yo soy yo. Y si te pones en mi lugar, en el momento presente y ante mis circunstancias actuales, serás tú en mi lugar. Pero tú seguirás siendo tú, y yo seguiré siendo yo. Donde quiera que estemos.

Este ejercicio puede ayudarte a comprender, pero lo más probable es que no saques nada en claro. O peor aún, que llegues a conclusiones erróneas. Se debe a que yo acumulo una serie de experiencias y aprendizajes recogidos a lo largo de mi vida que con total seguridad serán diferentes a lo que tú has vivido. Y ante las mismas circunstancias, nos comportaremos de modo diferente.

Por tanto, el motivo por el que respondo de un modo determinado a una situación concreta tiene más que ver con lo que soy en este momento de mi vida, que con la situación en sí misma. Podría ser relativamente sencillo imaginar mis circunstancias actuales si se dispone de cierta información. Pero saber qué siento al respecto, por qué hago qué, qué me mueve a hacerlo, o qué será lo próximo que haga, es algo que solamente podrías comprender siendo yo.

Si te pones en mi lugar estarás tratando de comprenderme, que ya es mucho. Yo trato de ponerme en el tuyo muchas veces. No sé si realmente consigo ser tú por un instante, pero no lo creo. Más que eso sería demasiado. E improbable conseguirlo.

Meetup

¿Conoces Meetup?

Se trata de un lugar en línea desde el que se pueden construir comunidades locales con algún tipo de finalidad, o en torno a un hobby u objetivo común. Da igual que quieras practicar tu inglés, mejorar tu comunicación en público o practicar Qigong en un parque.

Si le permites conocer tu ubicación te sugerirá grupos locales y también eventos cercanos. Te permitirá conocer personas nuevas a la vez que practicas, creces o simplemente disfrutas. Y dados los caprichos del destino también existen ya eventos en línea, aunque son minoría.

Se trata de una gran iniciativa para facilitar las relaciones al mismo tiempo que todas las personas aportan y se benefician de otras. Cualquier iniciativa puede tener cabida.

Cuando existe la posibilidad de hacer esto junto a personas de tu entorno geográfico más cercano es estupendo. Seguro que en Nueva York las barreras brillan por su ausencia. En otros casos, la fórmula Meetup puede adaptarse perfectamente a reuniones en línea.

Da igual que quieras montar una empresa, aprender a gestionar mejor tu correo electrónico, compartir impresiones o información acerca de un hobby, llevar adelante un club de lectura, o aprender sobre GTD®. Sólo necesitas encontrar a otras personas con tu misma inquietud para iniciar el camino.

Hay una gran idea detrás de Meetup, ¿por qué no aprovecharla?

Más que un producto, una experiencia

Mi hijo se ha aficionado últimamente a comer unos yogures que vienen presentados con dos cuencos. Uno de ellos trae el yogur, y el otro contiene algún ingrediente de mezcla variable (bolitas de chocolate, cereales, etc.).

Nada novedoso, pero se dirige a alguien concreto. Antes de que se comercializasen este tipo de yogures, muchas personas ya añadían cereales o frutos secos. Sin embargo, tienen éxito.

Puedes comprar yogur a secas y puedes comprar cereales, o cualquier otro ingrediente que quieras mezclar. Hay personas que verían en esta variante algo totalmente lógico —y más económico— mientras muchas otras compran el pack.

No es tanto qué se vende (producto), sino cómo se vende (experiencia) y a quién se dirige. Una experiencia es mucho más que un producto.