Las preguntas erróneas

Begoña Castillo habla en LinkedIn sobre una empresa en que permiten total libertad para teletrabajar o acudir a la oficina. Y en esa empresa solamente una persona teletrabaja el 100% de las ocasiones, mientras que el resto acude a la oficina tres o cuatro días por semana de forma totalmente voluntaria.

Se trata de una situación excepcional, alejada por completo de una realidad en que cada día conocemos más y más casos en que el regreso a la oficina se está forzando desde muchas organizaciones.

Casi todas se preguntan cómo aumentar la productividad, pero casi ninguna cómo permitir el teletrabajo y que un procentaje elevado de personas acudan igualmente a la oficina. Están tomando decisiones desesperadas. Realmente no saben cómo conseguir lo que buscan porque se hacen las preguntas erróneas. Cuando piensas en rentabilidad antes que en ninguna otra cosa ocurre que consientes dejar de lado gran parte de la perspectiva necesaria para alcanzarla.

Beneficio económico

Aunque existe diversidad de opiniones a este respecto, no cabe duda de que, al menos en parte, una empresa existe para generar un beneficio económico a las partes que la forman.

No tiene nada de malo. De hecho, salvo en casos aislados y excepcionales podría decirse que esa afirmación es de sentido común y a nadie debería resultarle extraña.

Sin embargo, algo que parece lógico puede comenzar a presentar fisuras a medida que se profundiza en las capas inferiores. Una de ellas, muy importante, se basa en el modo de hacerlo.

La justicia reconoce la ilegalidad de Amazon al usar miles de falsos autónomos. La multinacional llevó a cabo un desmantelamiento discreto y anticipado de su modelo de riders, de manera que evitó los despidos oficiales. Los repartidores reconocidos como trabajadores no han recibido indemnización y podrán reclamar individualmente las cuotas a la Seguridad Social solo cuando las sentencias sean firmes, algo que puede tardar años.

Y ese un modo de generar beneficio económico. Un modo censurable, tanto desde el punto de vista moral como desde el legal.

Podría salir peor en otros lugares y frente a otras culturas. Pero no aquí. Y los motivos, fundamentalmente, son dos: estamos demasiado ocupados mirando nuestro ombligo y disfrutando nuestra comodidad, y olvidamos cumplir con la excelente regla de imponer que hacer las cosas mal salga más caro que hacerlas bien.

Kakebo

Resulta curioso ver como las personas desarrollamos la extraña habilidad de convertir lo simple en complejo. Ocurre en multitud de áreas de nuestra vida. Lo complicamos para más tarde perdernos en medio de esa complejidad artificial y sentirnos incapaces.

Lo frecuente entonces es el rechazo, que generalmente revestimos de crítica desplazando la responsabilidad sobre lo que en realidad está ocurriendo.

Sucede en el mundo de la organización a cualquier nivel. Por supuesto, eso también incluye la organización económica personal. No necesitas una suscripción más, necesitas hacerlo simple.

El regreso a la oficina

Una pandemia nos forzó a salir de la oficina, y eso a adoptar cambios profundos en la forma en que muchas personas trabajaban. El trabajo remoto explosionó. Eso reservado a pocos llegó a todos, y lo hizo —como decían muchos— para quedarse.

Pero ese blanco o negro por el que muchos optaron era, fundamentalmente, la respuesta del poder a una situación que le anulaba por completo. Un lo hago porque yo quiero y no porque nadie me obligue a ello. Y se hicieron muchas promesas, algunas para siempre.

El tiempo suavizó la presión que ejercía sobre el poder y este cambió de opinión. Todos los argumentos que en su día sirvieron a la nueva dirección se han relativizado, y ahora el regreso a la oficina es inminente.

En la mayor parte de casos se produce porque algo no marcha y no se sabe muy bien por qué. Eso es un tema tabú en el mundo en que todo se mide y todo se sabe, por lo que no faltan argumentos tan válidos como los que antes se utilizaron para respaldar lo contrario.

Siguen llegando pruebas que parecen indicar que el regreso a la oficina no tiene sentido. Al menos no en algunos casos. Pero hay piedras con las que es necesario tropezar.

Manipulación

El vigésimo aniversario de Facebook representa el escenario perfecto para analizar el impacto que las redes —y las grandes tecnológicas que hay detrás— están causando en nuestra sociedad.

Eso ha hecho Max Fisher, periodista de The New York Times, en su recién estrenado libro «Las redes del caos».

El autor se muestra especialmente crítico en este sentido, afirmando que «las redes sociales profundizan drásticamente la indignación moral, amplifican la rabia y amplían a quién la diriges» o que «una red social puede ser extremadamente eficaz para cambiar tu comportamiento, tu sentido del bien y del mal, incluso tu comprensión de la línea que separa la verdad de la mentira».

Su propuesta: desactivar el algoritmo que nos manipula.

En realidad las redes no han descubierto esto, simplemente lo han amplificado. La manipulación existe desde que existe el interés, y se propaga tan rápido como los propios medios de difusión masiva que hemos creado o nuestros conocimientos sobre el modo de perfeccionar diferentes técnicas nos permiten.

Existía y sigue existiendo con la mayor parte de medios de comunicación escrita, por ejemplo, donde la información pasa el filtro de la marcada tendencia sociocultural o política que cada uno de ellos impone. Así, es común extraer conclusiones muy diferentes de una misma noticia según cuál sea la fuente de origen.

Sigue en aumento nuestra cínica tendencia a demonizar al mensajero cuando el mensaje existía mucho antes, y a condenar todo aquello que consideramos ilícito solamente cuando no nos beneficia a nosotros mismos.

Para siempre

El problema de establecer compromisos para siempre es que casi nunca se cumplen. Aún así, este tipo de compromisos siguen estableciéndose con relativa frecuencia.

Lo que ocurre a continuación ya lo sabes. Decepción, malestar, e incluso indignación cuando ese compromiso se desvanece. Mayor, a más rápidamente lo hace.

Ahora SAP lo sabe. Y muchos otros.

Es habitual ver, cuando esto ocurre, que casi siempre se trata de trasladar la culpa a determinados cambios en el entorno. Y son precisamente esa serie de cambios indeterminados y aleatorios lo que, a estas alturas, cualquiera debería saber que se producirá para siempre.

Por eso resulta extraño comprobar como, una vez tras otra, personas presuntamente inteligentes toman decisiones estúpidas.

Lambada

¿Recuerdas la lambada?

Atreviéndome a conjeturar diría que al menos la mitad de las personas que leen con cierta regularidad este blog tienen la edad suficiente para recordar ese boom que desató entrando en los años noventa.

Lo que es probable, es que no conozcas ciertos detalles sobre cómo nació.

Lo hizo a través de la gran popularidad que adquirió el tema de un grupo franco-brasileño de la época. Se trató de un tema que alcanzó el nº1 en un elevado número de países y cuya frescura y novedoso ritmo dio lugar a la aparición de ese nuevo género musical.

Sin embargo, ese tema era un plagio. Sus autores originales lo demandaron ante la justicia y ganaron la disputa legal.

Es un buen ejemplo sobre las dos caras presentes en la casi totalidad de aspectos de nuestra vida.

La pieza original es la original, y la lambada se basó en una copia. Sin embargo, la copia demostró más originalidad que la original y llegó a conseguir muchas cosas que su predecesora no pudo. Al mismo tiempo, su estilo novedoso se vio seriamente afectado por este hecho, aún cuando la parte difícil fue la nueva.

En este caso perduró el estilo aún bajo la sombra del plagio, pero en otras ocasiones la sombra se intensifica hasta conseguir cubrir por completo algo que brilla.

No se trata de un hecho aislado. Esas dos caras están presentes aún cuando es una la que aparece. Solamente es necesario profundizar un poco y la otra se revelará. Recuérdalo cuando llegue el momento, todo puede verse desde otra perspectiva.

Habilidades que escasean

Business Insider ha publicado un artículo en que un reclutador con miles de entrevistas a sus espaldas expone algunas habilidades que escasean en el mercado laboral y que marcarán los empleos del futuro.

Proponer soluciones realistas, curiosidad, reconocimiento objetivo del entorno, saber admitir los errores y pedir ayuda cuando es necesario son algunas de ellas. La capacidad para establecer relaciones interpersonales de calidad o saber primar el resultado por encima de la alta ocupación son otras.

Con toda probabilidad, la gran importancia que cada una de ellas tiene te parecerá obvia. Entonces, si asumimos que realmente se trata de habilidades que escasean, es posible que en muchos casos exista una brecha entre lo que pensamos o decimos y aquello que realmente hacemos. La mayor parte de nosotros piensa que eso va con otros, pero si realmente escasean entonces muchos nos estamos equivocando.