¿Cómo sería si…?

Sin duda tienes cosas entre manos con las que estás trabajando. Cosas para las que has definido un resultado.

Es habitual que, cuando ha sido definido, se trate de algo menos en lo que pensar. Pero no existe un motivo para que eso necesite ser así.

¿Cómo sería si fuese mejor aún que eso que ya has definido? ¿Cómo se vería?

En ocasiones, podría ser tan simple como añadir un encabezado o eliminar un párrafo.

Hoy puedes pensar en cómo mejorar algo. Se comienza por algo tan simple como imaginarlo, y es posible que mientras lees estas líneas ya lo hayas hecho.

Analytics

He eliminado Google Analytics de este blog. Nunca tuvo sentido, pero cada día lo tiene menos.

En realidad, nunca he revisado los datos para adaptar sus contenidos a lo que busca la mayoría. Ni seguido las reglas SEO más elementales. Escribo para mí y para todas aquellas personas que consideren que los contenidos le aportan. Seguirá siendo lo que es, con 5000 suscriptores o con 5.

Así que, dado esto, existe una pregunta que ya tiene respuesta: ¿Para qué?

Por supuesto, no voy a engañarte. El hecho de las normas más elementales dictaminen que es necesario medir también me ha ayudado a tomar la decisión de no hacerlo.

Espero que este cambio tenga un impacto positivo en su velocidad de carga y te resulte más agradable acceder y leer.

Puedes hacerlo mejor

Todo el mundo alberga recuerdos de algún profesor o profesora que, de algún modo, dejó una marca en su camino.

Para mí, una de esas personas fue la profesora de matemáticas que tuve en 2º del extinto BUP. En aquel momento yo me encontraba en esa etapa rebelde que la mayor parte de nosotros atravesamos en la adolescencia.

En una ocasión, nos entregó un examen corregido para que pudiésemos revisarlo. Suspenso. Tras revisarlo con algo de atención y comprobar que estaba en desacuerdo con la evaluación, me dirigí a hablar con ella.

Llegué a su mesa, me preguntó qué quería —con la propiedad y firmeza que la caracterizaban— y argumenté lo que pensaba…

—Estoy de acuerdo —dijo—.

—¿Entonces he aprobado? —dije yo, prometiéndomelas feliz—.

—No. Estás suspenso. Vas a ir a la recuperación. Puedes hacerlo mejor —respondió.

—Pero eso es injusto —me quejé.

—Lo sé. Como la mayor parte de cosas que te ocurrirán a partir de ahora. Pero si tu disposición es mejor que la que has presentado para este examen, lo llevarás bien —y me devolvió el examen—. Si sigues considerando que es injusto, por favor pide a tus padres que vengan a hablar conmigo.

Imagino que sabrás que esta conversación no llegaría a producirse hoy, por muchos motivos. Pero lo que tal vez no sepas, es que me ayudó a comprender —en parte— que una etapa estaba llegando a su fin y una nueva, muy diferente, se estaba iniciando.

Y pude hacerlo mejor. Recuperé matemáticas. Y también otras asignaturas por las que hasta ese momento no me había preocupado demasiado.

Mi actitud frente a muchos aspectos cambió ese día. El curso terminó y no volví a tener la fortuna de coincidir en sus clases de nuevo. Ni llegué a decirle nunca que esos 30 segundos habían sido importantes para mí. Aún hoy, 30 años después, los recuerdo con frecuencia.

Ya sabes. Puedes hacerlo mejor.

La trampa de pensar

Si no piensas, mal. Si piensas, mejor. Pero mejor no es igual a bien, hay trampa.

Y es que, además de [sí/no], existe pensar mucho, pensar poco o pensar lo justo.

Pensar poco se encuentra más cerca de no pensar que de sí hacerlo, y existe un desequilibrio. Pensar mucho justo al contrario, y generalmente representa una pérdida de tiempo y recursos.

Hacerlo lo justo es óptimo. Y no es sencillo.

Si te intranquiliza, piensa. Si no lo hace, no pienses. Si te atascas, piensa de otro modo.

Hacer una lista, vomitar ideas en una hoja en blanco o comparar pros y contras es un excelente modo de desatascarte pensando de otro modo.

Procura no caer en la trampa de pensar de menos o de más. Lo primero te invita a actuar impulsivamente y lo segundo a no actuar en absoluto.

Ambas situaciones minan tu efectividad, y en ninguno de los casos el resultado te representa.

Categorías

Cuando te registras en una lista de correo, pasas a formar parte de una de esas categorías. Recibes un email de bienvenida, y si te borras, probablemente otro donde te digan cuánto lamentan que te hayas marchado. Estás en una categoría.

Cuando compras un producto o servicio, en muchas ocasiones ocurre lo mismo. Seguramente recibas un correo agradeciéndote la compra, y a partir de ese momento, recomendaciones varias basadas en tu actividad o recordatorios para volver a comprar si hace tiempo que no lo haces. Y todos los correos te saludan personalmente, con tu nombre encabezando. De nuevo estás en una de esas categorías.

Nadie te conoce, solamente ese omnipresente y metódico sistema que no olvida nada.

Se trata de algo útil. Y cómodo. Algo que se hace una vez y funciona miles de ellas. Todo gracias a las categorías.

Te hace sentir bien. El sistema lo sabe, y la persona que lo ha creado. Y antes, la persona que lo ha puesto en marcha y la que le ha recomendado hacerlo, pensando en cómo hacer sentir bien a tantas otras sin la necesidad de tener que saber sus nombres o quienes son.

Las categorías funcionan para muchas cosas. Y ahora, también para muchas personas. Hemos llegado al punto en que nos satisface saber que alguien se acuerda de nuestro nombre o cumpleaños, incluso si se trata de una máquina que puede retener una cantidad casi ilimitada de datos.

Te da igual. Sea el tipo de categoría que sea y represente lo que represente, te hace sentir especial formar parte de algo. Aunque ese algo sea prácticamente nada.

Instantaneidad

Todo está ocurriendo como consecuencia a la inmediatez y comodidad a la que nos hemos acostumbrado.

Cuando pides o te piden algo, lo quieres o lo quieren para ya. Cuando buscas algo, quieres hacerlo de la forma más cómoda y cuando compras algo lo quieres para ya. Rápido y fácil. Cuando necesitas una respuesta la quieres ya. Rápida, instantánea, inmediata.

Pero hay cosas que no pueden ser para ya y cada día cuesta más tolerarlas.

Estas cosas se inician, se desarrollan a través de un proceso que puede ser más o menos largo y, consecuencia del mismo, llega un momento en que comienzas a apreciar resultados. Pero ahora se busca iniciar y obtener, minimizando o incluso suprimiendo todo el proceso intermedio. Se busca el pack completo sin hacer parte del pago.

Es como querer conducir un fórmula 1 sin pasar, siquiera, por la autoescuela. Puedes aprender: preguntar, ver, escuchar… puedes trabajar y desarrollar todos los conocimientos y comportamientos necesarios para conducir un coche de ese tipo. Un proceso, un determinado plazo de desarrollo, y un resultado.

O puedes buscar la instantaneidad. Te montas directamente, despegas, y chocas en menos de 10 segundos. Y entonces te quedas magullado, no has aprendido nada sobre conducir ese tipo de coches —más allá de un modo de no hacerlo— y ahora ya no tienes ni coche porque lo has destrozado.

Y entonces es cuando la frase que todo el mundo espera aparece: «Conducir un coche de Fórmula 1 no es para mí».

En realidad, su significado es el mismo que: «He descubierto que para conducir un coche de Fórmula 1 necesito implicarme, dedicarme, y entregar mi tiempo y energía hasta aprender a hacerlo. Y no estoy dispuesto. Hay gente que nace sabiendo hacerlo pero no es mi caso». Comodidad e instantaneidad o nada. Responsabilidad huérfana. Y otro aprendizaje perdido.

Beneficio

Es curioso lo que ocurre con el beneficio. En muchas ocasiones, una parte se lo lleva a costa de que otra lo pierda. Esta vertiente es la menos interesante y duradera, rara vez suele repetirse para las mismas partes.

Pero también existen ocasiones en que algo representa un beneficio para todas las partes. Por ejemplo, en un proceso de venta o transacción en que una parte aporta lo que otra necesita, y ambas salen beneficiadas.

Los procesos de formación y aprendizaje en materias relacionadas con el desempeño de tus labores habituales siempre encajan ahí.

Existe un beneficio evidente para las organizaciones que forman a las personas que las componen. Todas ellas pueden tener acceso a mejores prácticas para maximizar la eficiencia y eficacia del trabajo que desempeñan, lo cual tiene una repercusión directa en la calidad y/o cantidad de su producción, sea cual sea. Poner en sus manos la posibilidad de aprender, desarrollar o mejorar sus habilidades tiene como consecuencia un mayor compromiso y desempeño por su parte. Y, además, despierta y potencia vínculos emocionales como el compromiso y la lealtad.

Por su parte, las personas que forman parte de la organización también salen beneficiadas. Adquieren o desarrollan ciertas habilidades que contribuyen a elevar su confianza y satisfacción con su trabajo y, cuanto menos, mejorar su capacidad de respuesta, perfil profesional y elegibilidad. Les permite crecer personal y profesionalmente. Y si un día el destino les lleva a un lugar diferente pueden llevarse su historial, sus éxitos y sus aprendizajes siempre con ellos.

La persona siempre se queda lo que gana. Y la organización siempre gana cuando dispone de activos más cualificados. La persona se compromete y fideliza con la organización que facilita que alcance sus objetivos. Y la organización retiene un talento que hoy, más que nunca, cuesta retener.

Sin embargo, por algún motivo, sigue existiendo una cierta tendencia a ignorar todo el beneficio que puede aportar el aprendizaje y el desarrollo de determinadas competencias.

Quizá porque sigan existiendo organizaciones que creen que las personas que las componen tienen la obligación de dar más por lo mismo, o puestos de responsabilidad que equiparan la presencia física al desempeño. Incluso profesionales que creen que aportan de más por lo que obtienen y que han suprimido todo vínculo entre quienes son, que hacen, cómo esto les define y la organización de que forman parte.

Para el resto, el aprendizaje y el desarrollo competencial sigue —y seguirá— siendo un winwin. Un beneficio incuestionable. Aprender constantemente, adquirir y mejorar ciertas habilidades y trabajar determinadas competencias transversales es el camino.