Cartas sin escribir vs. cartas sin enviar

Una carta sin escribir es nada. El vacío. Cuando debería ser escrita, implica represión.

Podrías pensar que una carta escrita pero no enviada es más o menos lo mismo, pero se aleja mucho. Escribir una carta va mucho más allá de transmitir un mensaje a quien la recibe. Trasmite un mensaje a quien la escribe.

Tus pensamientos cambian cuando tienes la necesidad de enfrentarte a ellos de un modo explícito, ordenado y filtrado. En ocasiones, lo que crees que quisieras decir se ve profundamente alterado cuando te enfrentas al trabajo de adecuarlo para otra u otras personas. Ese trabajo facilita la reflexión y, en ocasiones, el cambio de perspectiva.

Una carta no enviada tan solo pierde un lector.

E-bow

Seguramente no sepas lo que es un e-bow. Es algo que ha estado presente en muchos sonidos que han llegado a tu oído. Sirve para hacer lo mismo que podrías hacer de otro modo, pero de forma diferente y obteniendo resultados diferentes.

Tal vez para muchas cosas que haces te vendría bien algo parecido, algo que represente su esencia. Otro modo, y otro resultado. Uno que no podrías obtener del modo tradicional y más evidente. No te olvides de él, incluso lo han homenajeado en grandes canciones junto a alguna carta sin enviar.

Por cierto, una carta sin enviar también puede ser un e-bow. En ocasiones, sin enviarse llegan igual.

Céntrate en el cuello de botella

Cuando alguien quiere, tiene o necesita hacer algo, suele enfocarse en la parte de su plan que menos requiere su atención.

Lo que sabes hacer y dominas no requiere atención. Lo sencillo, lo que no cuesta, no requiere atención. Pero lo que no dominas, no sabes cómo abordar o sabes que requerirá de la ayuda de otras partes, eso sí la requiere. La parte incómoda, la que puede tirarlo todo por tierra, frenar o dificultar el proceso. El cuello de botella.

La tendencia easy-first es juego improductivo. Ya está al 90% hecho. El desbloqueo y eliminación de fricciones es lo que gana las partidas.

Fechas y momentos

El temporal es un factor que todo el mundo tiene en cuenta. Es lógico, porque en ocasiones llegar tarde supone la ruptura de un compromiso importante y tiene consecuencias nefastas.

Relacionados, existen otro par de factores necesarios a tener en cuenta: flexibilidad e inflexibilidad.

Si tienes que comprar pan para la comida de hoy, puedes comprarlo en cualquier momento antes de la comida. Pero si tienes una reunión en el centro a las 12:00 horas, las 11:30 puede ser tarde para salir a coger el metro pero temprano para coger un taxi. Y las 11:45 sería definitivamente tarde.

En la mayor parte de ocasiones tienes opciones y son diferentes. No solamente en cómo se ven o sienten, sino también en cómo se prevén y anticipan. Y cada una de ellas admite márgenes de error diferentes también.

He observado que, si bien a las personas se nos da bien tener en cuenta los plazos, se nos da mal aprovechar la ventaja de la flexibilidad cuando es posible. La buscamos cuando no existe, y sin embargo somos inflexibles cuando no se requiere. O cesamos en el análisis por la carga que supone para nosotros, en pro de la opción rápida y sencilla. Y eso nos lleva a cumplir con compromisos que no existen, y a faltar a compromisos que sí lo hacen.

Ambas son un regalo. La flexibilidad por la libertad que aporta, y la inflexibilidad por la carga que elimina.

¿Qué papel juegas?

Todas las personas juegan diferentes papeles en diferentes áreas de su vida. Incluso varios diferentes en cada una de ellas.

¿En alguna ocasión te has planteado qué papel estás jugando exactamente en alguna de esas áreas? Jugar un papel intrascendental, reemplazable, está bien si es tu elección. Pero si el motivo es otro, es necesario reflexionar sobre los motivos que te mantienen en esa posición de juego y no en otra.

Quizá puedas hacer algo para cambiar de posición. Si no, quizá puedas contemplar cambiar de juego. Piensa que mantener esa posición cómoda depende de dos partes. Tú puedes asumirla, tolerarla e incluso llegar a valorarla. Pero existe otra parte que probablemente no valora lo que puedas aportar, y podría reemplazarte fácilmente en cualquier momento.

Si juegas del modo que quieres jugar y al juego que has elegido hacerlo, lo que quieren otros no cuenta. Pueden sacarte del equipo, pero no de la liga.

[Nota: Esta entrada ha sido escrita pensando en una persona concreta. Quizá no lo lea. Incluso, quizá, tampoco se diera por aludida. Pero es para ella…]

Si quieres saber, pregunta

Parece lógico. Lo que ocurre es que muchas personas desestiman la opción de preguntar, por miedo. Miedo a las respuestas o, quizá peor, a no obtenerlas.

No obtener respuesta puede evitarse. Lo que ocurre, en realidad, es que la secuencia lógica está incompleta. La vida de tu respuesta comienza mucho antes de lo que crees. El plazo para obtener respuesta no comienza a contar cuando preguntas, sino antes, cuando brindas el marco adecuado para hacerlo. Cuando te comportas como la persona que merece respuesta, con todo lo que ello implica.

El miedo a obtener la respuesta que no deseas oír también puede evitarse. No preguntando. Pero las respuestas que no deseas oír suelen ser las que merecen la pena. Y a la vez, las más difíciles de obtener.

Sobreplanificar o planificar adaptativamente

En una reciente conversación, ha salido este tema: Sobreplanificar o planificar adaptativamente. Se trata de conceptos muy diferentes. Pero la sutil línea que pone fin a uno para dar comienzo al otro no está fija en un lugar, y en la práctica a muchas personas les cuesta determinar su posición.

Es común asociar sobreplanificar con hacer un plan detallado. A más detallado, más evidente se torna la sombra de la sobreplanificación. A mayor cantidad de puntos, fases o recordatorios en el plan. Una relación directamente proporcional entre detalle y sobreplanificación. Y no siempre es así.

Te propongo utilizar como base un ejemplo que podría resultarte familiar.

Imagina un vuelo Madrid-Tokio. Más de 10.000 Kms. y más de 13 horas de vuelo. A lo largo de su recorrido, el avión avanza sometido a diferentes inclemencias: viento de frente, de cola, turbulencias, etc. Durante el trayecto, el porcentaje de tiempo en que el avión se encuentra —hablando en términos espacio/tiempo— donde debería encontrarse bajo el plan teórico es residual. Se retrasa un poco, se adelanta, vuela más alto o más bajo. Sin embargo, los pilotos van comparando en todo momento dónde están y dónde deberían estar, lo que les permite ir introduciendo micro-correcciones para que el resultado final, tanto en destino como en tiempo, se parezca mucho al que debería ser bajo la teoría.

Este ejemplo se utiliza, en ocasiones, como representativo de lo que podría denominarse planificar adaptativamente.

De mano, cuando alguien te lo cuenta, aparentemente la idea que pretende transmitir se comprende. Pero en mi opinión, es necesario profundizar más para que realmente se comprenda.

Si los pilotos comparan datos de situación/tiempo reales con teóricos —que les permite introducir correcciones— es porque disponen de la planificación teórica. Como es lógico, si no dispusieran de la información que les indica dónde deberían estar en cada momento no podrían establecer la comparativa. Disponen de datos detallados.

En muchas situaciones, la gran mayoría si eres una persona que aplica GTD®, todo ese detalle de ruta no es necesario. De hecho, para adoptar la metodología es necesario que aprendas a convivir con la incertidumbre de lo que pueda —o no— ocurrir y simplemente estar preparado para adaptarte. Teniendo claridad sobre qué quieres conseguir y qué puedes hacer para avanzar hacia ello, necesitas poco más. Simplemente una actitud receptiva, un ojo puesto en el entorno que te ayude a detectar la necesidad de dar un giro cuando se requiera.

Sin embargo en otras, como en el caso del avión, existe información que es muy relevante. Y en este tipo de situaciones, que estés sobreplanificando o no lo estés haciendo tan solo depende de qué significado tiene esa información para ti y de que la desarrolles en la medida adecuada, no más. Como ocurre siempre, el equilibrio sensato dicta la mejor medida.

Disponer de esa información no es contrario a GTD®. Ni viceversa. Y GTD® tampoco te dice cuánta de esa información debes tener. Simplemente, propone que dispongas de ella si te es útil. Y que no inviertas recursos en desarrollarla, organizarla y revisarla si no lo es. Del mismo modo, que desarrollarla más o menos sea contraproducente o no lo sea dependerá del equilibrio coste/aporte. Y siempre —siempre— es necesario que tengas claro de que se trata de una hoja de ruta de apoyo. Un soporte que te ayudará a recalcular cuando sea necesario, y no un plan que te ata por el mero hecho de haberlo desarrollado.

Además, sabes que GTD® también te aporta ciertas directrices sobre cómo planificar de un modo efectivo.

Y también es necesario tener en cuenta que no todas las personas y sus momentos vitales pueden meterse en la misma caja. Nuestras experiencias, tempos y sensaciones son diferentes. Para algunas, aquellas recién llegadas o con menos experiencia en GTD®, desarrollar este tipo de información —incluso más allá de lo teóricamente recomendable— puede no ser del todo contraproducente, si les evita caer en un abismo en que sienten que han perdido por completo el control sobre sus asuntos y su vida. Y para otras, hacer exactamente lo mismo sí puede resultar contraproducente por innecesario e ineficiente.

En mi experiencia, te encuentres en el punto que te encuentres, siempre es necesario adoptar una actitud proactiva que te empuje en todo momento hacia el necesito menos. Constituye parte fundamental en la esencia de la eficiencia. Contra nuestra tendencia natural y sistemática al necesito más, se trata del único modo de evitar derrochar recursos de forma indiscriminada. Y planificar, en términos generales, no es una excepción.

¿Qué viene ahora?

Puede parecer una pregunta trivial, pero no lo es. Ni por supuesto su respuesta.

A lo largo de las últimas décadas muchas personas se lo han preguntado, sobre diferentes cuestiones. El motivo de que lo hayan hecho ha facilitado el paso del vinilo al cassette, de éste al disco compacto, y de ahí al formato digital. Ya sabes, Napster, el iPod, o Spotify nacen consecuencia de diferentes respuestas a esa pregunta.

Cuando ya lo has visto, resulta evidente. Una evolución lógica. Todo lo contrario a cuando aún está por ver.

Construir pasa por preguntártelo, reiteradamente. ¿Qué viene ahora?

Curiosidad y evolución

Si quieres evolucionar, necesitas ponerte en la fila de la curiosidad.

Hace ya muchos años –y no ha cambiado, ni va a cambiar— que en la vida de toda persona existen dos filas. Una es la del resultado fácil, con el mínimo esfuerzo. Y la otra la de la curiosidad intelectual y el hazlo tú mismo.

Seguro que no te extrañas —porque en realidad, lo sabes bien— si te digo que la primera fila, la del resultado fácil con el mínimo esfuerzo, está superpoblada. Tardas más en pasar a causa de la gran afluencia de personas, pero no hay que hacer nada. Simplemente esperar a que llegue tu turno.

La segunda, la de las personas curiosas, está mucho menos concurrida. Se trata de personas con iniciativa, que quieren aprender y quieren conquistar resultados apoyándose en sus aprendizajes.

Si le preguntas a alguna persona que se encuentra en la primera fila por su opinión sobre aquellas que están en la segunda, podrías encontrarte con respuestas variadas pero en el fondo el mensaje siempre será el mismo. Se trata de los necios, los que invierten en algo que puede conseguirse gratis.

Lo que no saben las personas que se encuentran en ella, es que llegará un día —antes o después, siempre llega— en que su cómoda fila desaparece y tan solo queda la segunda. La de la curiosidad, el aprendizaje y el esfuerzo. Y cuando ese día llega tan solo se oyen lamentos, porque es lo único que le queda a quien ni sabe ni quiere aprender a hacer nada más.

Prepárate para los giros. Estás a tiempo de cambiar de fila. Ponte en la de la curiosidad. Es la única que te lleva a algún lugar.

Medidas objetivas o subjetivas

Quizá las palabras no sean exactamente objetivas y subjetivas. Quizá sean estrictas o flexibles. O quizá debieran categorizarse por el margen de error en la medida.

Pero la cuestión es que son diferentes.

Tú, que has implantado GTD® en tu vida, te dispones a hacer una revisión a mayor altura de —al menos, alguno de los niveles superiores de— tu vida. Y, por ejemplo, te enfocas en tu rol como marido, esposa o pareja.

Te centras en pensar qué está pasando exactamente en tu vida en pareja. En qué punto se encuentra, cómo ha evolucionado en las últimas semanas o meses, o qué sientes exactamente al respecto de su estado actual. Qué funciona, qué no funciona, qué puedes mejorar, qué necesitas que cambie o cómo deseas enfrentarte a ella cuando la revises de nuevo. Y extraes conclusiones.

Pero existe otro modo. Categorizar todo aquello que haces y vincula a este área, y llevar un registro exhaustivo de eso que has hecho. Anotar incluso aquello que haces que trasciende a tu vida en pareja y ha vivido efímeramente, ha llegado y se ha marchado sin dejar rastro explícito en tu sistema. Anotar una mirada y su huella, algo que tan breve y espontáneo puede crear un impacto —positivo o negativo— mucho más fuerte que el resultado de decenas de recordatorios que has ido tachando con el paso de los días.

Puedes hacerte con todos esos datos y enfrentarte a ellos. Por arriba, por abajo, por la derecha y por la izquierda. Datos precisos, objetivos, concretos. Y con todos ellos, puedes no tener nada de lo que realmente te interesaría tener.

Existen espacios en que los datos no pueden ganar la partida a las sensaciones. Recogerlos no es eficiente ni saludable, y disponer de ellos no garantiza las respuestas correctas. Si confundes espacios, trabajarás mucho para obtener nada.