Teoría de juegos

¿Conoces la teoría de juegos?

Hace unas semanas en una reunión informal con amigos, tratábamos de llegar a consenso sobre un tema concreto y alguien tuvo la brillante idea de llevar a cabo este «juego» buscando provocar algunos cambios de perspectiva.

De un modo muy resumido, la teoría de juegos se basa en el estudio estadístico de los resultados de decisiones que llevan a cabo las personas. Pero no de cualquier tipo de decisión. Estudia aquellas decisiones en que el factor determinante, la información útil que manejas para tomar tu decisión y que puede beneficiarte o perjudicarte está basado en las decisiones o elecciones de otras personas.

Se trata de una herramienta muy a tener en cuenta en diversos campos, por ejemplo teoría económica, psicológica y social.

Te pondré un ejemplo, uno de los varios ejemplos de juegos representativos de esta teoría. Los prisioneros.

Imagina por un momento que tanto tú como otra persona sois apresadas por la policía acusadas de cometer un delito. La policía os interroga por separado y os expone un escenario, el único posible, a través de una serie de opciones.

Si ninguno delatáis al otro, ambos iréis a la cárcel durante un año. Si os delatáis mutuamente iréis a la cárcel dos años. Y si delatas a la otra persona —o ella te delata— pero la otra parte mantiene el silencio, la persona delatada cumplirá tres años y la que se ha chivado saldrá impune.

¿Cuál sería tu opción? Si te paras y piensas, una de ellas parece que es más beneficiosa que la otra —para ti, por supuesto—. Sin embargo, te diré que las personas y nuestros sesgos no siempre optamos por la opción más lógica.

Ser grande no es mejor

Yo ya me encuentro en esa edad en que miro a mi hijo adolescente y pienso: «Quién volviera a estar ahí…».

Sin embargo, también recuerdo que cuando tenía su edad tenía prisa por crecer. Crecer lo antes posible para ser independiente, tomar mis propias decisiones, hacer lo que me diera la gana o simplemente tener mis propios recursos económicos sin dependencias externas.

Hoy que ya he superado ese umbral hace tiempo querría —en muchos aspectos— volver atrás y que «mis problemas» e inquietudes fueran los suyos.

A una empresa u organización le ocurre lo mismo.

En general, las micro y pequeñas empresas miran arriba y quieren crecer. Contemplan a las grandes, las imitan, quisieran parecerse a ellas y poder disfrutar de todas las ventajas que como si de un «aura de fuerza» se tratase las rodea.

Sin embargo las grandes, sin renunciar a algunas cosas, quisieran volver a ser pequeñas. Quieren poder tomar decisiones rápidas y quieren poder materializarlas cuanto antes. Quieren poder cambiar de rumbo en un suspiro, pero son lentas y pesadas. Eso es fácil cuando en la empresa —a nivel global— toman decisiones cinco, dos o incluso una única persona. Es uno de tantos ejemplos.

Ser grande es diferente, pero no es mejor. «Mejor» siempre depende de «para qué».

No puede tenerse todo. Valora tus fortalezas —que en muchas ocasiones se pasean desapercibidas ante tus ojos— y cuidado con lo que deseas. A veces se cumple.

La efectividad como necesidad en la empresa

Según los datos proporcionados por el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social a fecha enero de 2.019, en España hay un total de 2.886.759 empresas, dato que se detalla como sigue:

1.559.798 son autónomos, profesionales independientes sin asalariados. 1.143.015 son microempresas, con hasta 9 asalariados. 154.738 son pequeñas empresas, aquellas con hasta 49 personas asalariadas. 24.508 son medianas empresas, entendiendo como tales aquellas que cuentan con hasta 249 personas asalariadas. Y finalmente, 4.700 son grandes empresas, con más de 250 personas asalariadas.

De esto se extrae, entre otros datos, que los autónomos suponen el 54% del total, o que sumando autónomos y microempresas nos acercamos peligrosamente a un 94% del total (entendido si hablamos en número de empresas). Pequeñas y medianas empresas rebasan por poco el 6% siguiendo el mismo criterio, y la gran empresa se queda en un discreto 0,2%.

Lógicamente, estos porcentajes cambiarían mucho si nos centrásemos en número de asalariados, en lugar de número de empresas. Basándonos en ese dato, autónomos y microempresas juntos no llegarían a ocupar una tercera parte del total, y en cambio en este caso la gran empresa sí que llegaría a rebasar la tercera parte del número total de asalariados. Hablamos de un total de 15.762.686 personas.

Tanto unas como otras empresas, grandes o pequeñas, buscan la estrategia perfecta para no solo mantener posición, sino avanzar.

Un muy pequeño porcentaje de las de menor envergadura declararía que sus aspiraciones son a mantener su posición. Quizá un escaso número de autónomos y de microempresas (fundamentalmente, negocios familiares) que han llegado a un punto cómodo en su evolución, y aspiran a mantener esa posición de comodidad (lo cual no es necesariamente malo, aunque tenga «peros» ante los que haya que prepararse). El resto, el porcentaje aplastante hablando en términos generales, quiere crecer. Crecer en general. Quieren crecer las personas dentro de las organizaciones, y las organizaciones mismas. Da igual el motivo; Superación personal, búsqueda del incentivo económico, … da lo mismo. Quieren crecer.

Y para crecer, desde complejos planes estratégicos a varios años hasta regalar unos llaveros rotulados o unos imanes de nevera a los clientes. Todo vale. Ganarse la confianza del cliente es difícil, perderla extremadamente fácil. Y sin la confianza del cliente es francamente difícil crecer.

Tener claro qué, cómo y a quién quieres venderle es fundamental, y no es sencillo. Las empresas pequeñas son más ágiles, pueden virar más deprisa si es necesario, tanto más cuanto más pequeñas sean (y esta es una gran fortaleza que, en muchos casos, no aprovechan suficientemente). Las más grandes son más torpes si hablamos de hacer un cambio de rumbo rápido, y precisamente porque son conscientes de ello estudian mejor en fases previas cada paso que se da.

Hay empresas que buscan ofrecer máxima calidad de productos o servicios, porque saben que existe un cliente potencial para ello. La competencia es feroz, hay que ofrecer «el mejor». El mejor producto, la mejor gama, el mejor servicio. Lo mejor, siempre vende.

Otras, buscan vender volumen a precio (y margen de beneficio) reducidos. Destacar no es una batalla menos encarnizada, hay que trazar la línea a partir de la cual la calidad de nuestra oferta pierde valor drásticamente, y en su extremo opuesto, su homónima en cuanto al precio que no podremos rebasar.

En medio de todas ellas, un mercado enorme que se mueve en los grises, en el que destacan aquellas empresas que consiguen los mejores resultados en la media calidad/precio, sin ser «lo mejor» ni «lo más barato».

Más de 15 millones de personas repartidas en casi 3 millones de empresas están a la búsqueda de mejorar sus procesos.

Hoy, por tratar un tema de actualidad, es frecuente leer acerca del «salto a la nube» de muchas empresas. Un avance que permite poder trabajar fácilmente en movilidad, desde cualquier lugar. Permite además reducir costes importantes en infraestructura y su mantenimiento, reducir riesgos, etc.

No dudo de sus beneficios, estoy de acuerdo con todos aquellos más comunes que suelen citarse cuando lees un artículo. En mi empresa, que es pequeña y ágil, trabajamos con sistemas basados en la nube desde hace años y estamos más que satisfechos.

Sin embargo, encuentro (en general) un defecto claro en las decisiones que desde las empresas se toman orientadas a mejorar esos procesos. Desconozco si se trata de una carencia en la información que se maneja para tomar las decisiones, o si simplemente son decisiones mal tomadas (lo cual nos llevaría de nuevo a un defecto de información).

Que las herramientas son útiles en la medida en que sepas utilizarlas no es ningún secreto. Si necesitas hacer fuego y te dan una caja de cerillas (fósforos), ¡menuda suerte! Salvo… que no hayas visto una cerilla en tu vida, ni sepas para qué se usa. En ese caso, probablemente las dejarás a un lado y te pondrás a frotar palos.

Si trasladamos este ejemplo (quizá un poco exagerado) al mundo laboral, te invito a pensar en algo. Más allá de las competencias básicas necesarias para el desarrollo de nuestro trabajo (el saber qué debemos hacer y cómo hacerlo, uno o varios idiomas, etc.) hay una, en concreto una competencia transversal que se relaciona con todas las demás, que en la gran mayoría de los casos no hemos desarrollado. Ni nos hemos planteado hacerlo. Dicha competencia recibe el nombre de efectividad personal. Nadie nace siendo efectivo, pero todo el mundo puede llegar a serlo. En otras palabras, la efectividad (como toda competencia) se puede aprender.

Una persona que ha desarrollado esta competencia (esto es, una persona efectiva) es más eficiente y más eficaz. Una persona efectiva hace bien las cosas correctas. Consecuencia de ello, no solamente disfruta más haciendo lo que hace sino que consigue mejores resultados, y consecuencia de ello es más feliz.

La efectividad como competencia viene a aportarnos un manual de buenas prácticas de la más preciada de las herramientas que utilizamos a diario en cualquiera que sea el ámbito que nos movamos, nuestro cerebro. Trabajar en su desarrollo es, no solo un camino plagado de satisfacciones que no termina nunca, sino también el arma más poderosa y punto de partida fundamental a la hora de mejorar nuestros procesos.

Hace ya tiempo que yo descubrí el poder de desarrollar esta competencia, y desde entonces he seguido avanzando en mi camino. Hoy, me cuesta creer que hubo un tiempo en que me sentaba en mi escritorio y trataba vanamente de organizarme en una mesa que no podía albergar más pilas de papeles sin que se cayera todo por el suelo, totalmente angustiado por un sentimiento de incapacidad para mantener a flote un barco con demasiadas vías de agua. Un barco que es una de esas pequeñas empresas de la lista. Me cuesta creer que pasara tantísimo tiempo hasta el momento en que me di cuenta que la solución a esa situación estaba únicamente en mí. Ni en mis clientes, ni en mis proveedores. Enteramente en mi tejado.

Desde entonces, es mi compromiso descubrir y ayudar a desarrollar la efectividad personal a esos más de 15 millones de personas que empujan esas casi 3 millones de empresas cada día, entre las cuales te encuentras. ¿Comenzamos?

En un entorno cambiante, adáptate o muere

Tenemos demasiado que hacer. Nos ha tocado vivir un tiempo en que debemos producir por encima de nuestras posibilidades, en que todo es urgente, el entorno cambiante no da respiro y en que las fuentes de distracciones son tantas y tan variadas, que en cada vez en más ocasiones nos encontramos vagando sin rumbo.

Por suerte, disponemos de herramientas para combatir esta situación.

Una de ellas, de la que solemos hacer uso cuando detectamos que tenemos más cosas que hacer que tiempo para hacerlas, es nuestro «modo Terminator». Una vez activo, nos centramos en hacer, hacer, y hacer. Nuestro yo irracional sabe mucho de esto; si tienes poco tiempo y mucho que hacer, a hacer rapidito y sin pausa.

En otras ocasiones nos tiramos al lado opuesto. Necesitamos cortar de raíz esta sensación de no controlar nuestra vida y vagar continuamente sin rumbo, así que nos tomamos un respiro y, no sin invertir energía mental por doquier, planificamos todos y cada uno de los detalles sobre lo que haremos las próximas cuatro semanas. Y nos sentimos mejor, por fin ya dominamos nuestro destino…

Sirvan como dos ejemplos sobre cómo se empeora lo que ya está mal.

En el primer caso, con tantas cosas que hacer, y sin embargo sin meditar detenidamente sobre qué es necesario, qué no lo es, qué puede esperar y qué no, qué puede obviarse… haremos muchas cosas, pero desde luego no las correctas. En el segundo, invertimos recursos en desarrollar unos planes que no llevaremos a cabo; el entorno y sus cambios a voluntad no lo permitirán, y no cumplir con ellos nos generará estrés y frustración. Estaremos peor que al principio.

Hemos de comenzar por reconocer algo: No sabemos afrontar de un modo adecuado el trabajo bajo el entorno que nos ha tocado vivir. Y léase trabajo de un modo global, todo aquello que queremos o debemos hacer y que vincule a cualesquiera que sean las áreas vitales a las que nos refiramos (también en el área personal).

Es preciso que hagamos algunas reflexiones:

¿Cómo podemos elegir con confianza qué es lo mejor que podemos hacer en cada momento, lo que más valor nos aporta, minimizando el impacto de ese entorno cambiante sobre nuestras decisiones?

Si el entorno cambia rápidamente, ¿para qué hacer planes detallados al extremo a medio/largo plazo, que seguramente se verán truncados a medio camino?

¿Qué podemos hacer para relacionarnos del modo más adecuado con un entorno que cambia rápidamente?

Podemos capturar todo aquello que llame nuestra atención, regresar de forma regular para pensar y decidir sobre qué hacer o no hacer con cada uno de esos asuntos que hemos capturado, ponernos recordatorios de las cosas que decidamos hacer repartidos en diferentes categorías que nos ayuden a ver lo que debemos ver en cada momento, reflexionar y poner al día de forma regular todas nuestras categorías de recordatorios, y actuar eligiendo de entre nuestros recordatorios qué hacer en cada momento con plena confianza en que estamos haciendo lo mejor que podemos hacer en ese momento concreto.

Podemos no planificar cuando no sea necesario. Y cuando lo sea, podemos establecer hitos o puntos de paso hacia lo que deseamos conseguir. De ese modo definiremos rumbo de un modo flexible, dejando los planes elaborados para aquellas situaciones no sujetas a los caprichos del destino.

Podemos adaptarnos al medio, trabajar de un modo efectivo aún si nos encontramos inmersos en un entorno cambiante y caprichoso. Y esto, se consigue determinando qué quieres conseguir, y qué puedes hacer ahora para avanzar. ¿Qué resultado deseo alcanzar? ¿Cuál es mi próxima acción, concreta y visible, que me acercará a ese resultado?

No es necesario saber qué harás después, o dentro de dos semanas. Define y actúa. Cuando hayas avanzado, podrás volver a definir cómo continuar. Pequeños pasos definidos en su momento oportuno, teniendo en cuenta la situación real y actual al momento de definirlos. De ese modo se navega entre el cambio, en lugar de enfrentarse a él.

Si he conseguido llamar tu atención y quieres conocer más sobre la metodología GTD®, puedes comenzar por aquí.

Mejor un paso hacia la solución adecuada

Tanto en materia de efectividad como en cualquier otra, un paso hacia la solución adecuada es un avance significativamente más importante que el dar muchos en cualquier otra.

Por este motivo, cuando tienes «un asunto» a resolver, es importante dedicar un tiempo a estudiar, pensar y decidir cual es el resultado deseado y cómo llegar a él. En ocasiones esto será algo trivial para ti; sin embargo habrá otras en que camines por terrenos desconocidos y este análisis inicial puede suponer que existan notables diferencias en el resultado que obtengas.

Un ejemplo es precisamente el camino hacia la efectividad. En un mundo conectado y saturado de información como es el actual, cuando decidas emprender tu camino te encontrarás cientos de opciones. Algunas obvias y relativamente simples, principios productivos universales. Otras más complejas, que pueden requerir semanas, meses, o incluso años hasta que consigas comprenderlas, interiorizarlas y aplicarlas a tu día a día.

Si comienzas desde cero, los principios básicos pueden suponerte resultados muy interesantes sin precisar de un gran nivel de esfuerzo por tu parte, pero a partir de ahí precisarás hacer las cosas de un modo notablemente diferente si deseas obtener resultados notablemente diferentes. O dicho de otro modo, no puedes esperar resultados diferentes si haces siempre lo mismo.

Si decides comenzar a dar pasos, elige bien tu dirección. ¿Cuál es el resultado que deseas obtener? ¿Qué puedes hacer ya, ahora, para caminar en esa dirección? De una buena elección depende que obtengas un retorno a la altura de tus esfuerzos. Muchas personas que se encuentran en tu misma situación han comenzado a dar pasos y han elegido GTD®. Si te decides, no estás solo/a. Te esperamos aquí.

Escribir, esbozar, exteriorizar

Como ya he manifestado en otras ocasiones, me gusta concluir las jornadas con un momento de tranquilidad para dejar fluir la información acumulada durante el día y registrarla en algún modo. Un rato para escribir, esbozar, exteriorizar.

Básicamente hago esto los días laborales, pero también realizo un ejercicio similar los Domingos durante la revisión semanal de mi sistema, y en ocasiones, algún Sábado que dispongo del tiempo necesario. Es un hábito ya interiorizado y en absoluto supone fricción, me gusta, me aporta un estado de relajación excepcional. Una sensación (en este caso mental) similar a lo que supondría en el plano físico, por ejemplo, tomar una ducha después de una dura sesión de deporte.

Me sirve para dejar constancia del transcurso de mi día, para esbozar ideas que surgen sobre la marcha relacionadas con esas 13 o 14 horas de vivencias previas, meditar sobre las urgencias o problemas que se han dado, sobre soluciones, sobre lo que ha ido bien y lo que ha ido mal, sobre las líneas que se han torcido y se han de reconducir, o sobre aquellas que misteriosamente parecen haber vuelto a su cauce solas.

Multitud de “cosas”, a veces con un significado evidente y otras veces con uno más difuso que requerirá de pensar más en detalle sobre ellas. Algunas interesantes, otras desechables — aunque nunca las deshecho en este momento, me limito a registrar.

De todo este material, envío parte a la bandeja de entrada de mi sistema. Otra parte se queda en este registro de mis notas.

Lo que va a la bandeja, se aclara en su preciso momento, cuando la proceso. Lo que se queda en este registro, lo releo durante mi revisión para tomar cuenta de mi pasada semana. A veces aparecen cosas nuevas durante esta lectura posterior, otras no.

En definitiva, intento exteriorizar todo. Lo no exteriorizado es material que ronda nuestro subconsciente, y es más de lo creemos. Nos estorba. Nos limita a la hora de que cosas nuevas se hagan hueco.

Por otra parte, lo no exteriorizado son también oportunidades perdidas, ideas que podrían ser el inicio de algo importante y que están ahí, esperando ver la luz en algún momento que en en muchas ocasiones nunca llega.

Quizá no te guste mi método, o el momento en que lo hago. En tu modelo de trabajo podría encajar otro horario u otro modo más creativo. Adelante. Lo importante es probar, dale una oportunidad a exteriorizar en el modo que más te guste, pero inténtalo. Te garantizo que, con el tiempo, se convertirá en algo que te será tan útil, que te costará dejar de hacer.

Las voces que oímos, y las voces que escuchamos

En ocasiones nos ofuscamos con algo con tremenda facilidad. No es necesario que se trate de un tema complejo, puede serlo o no serlo, pero este no es un factor en absoluto decisivo. Lo que sí suele ser un factor decisivo es que nuestra habilidad para establecer vínculos racionales entre los datos que analizamos con coherencia funcione correctamente en ese momento preciso.

Esto, en lenguaje coloquial suele representarse por expresiones del tipo «estar espeso» o «estar empanado», queriendo hacer referencia a ese estado de mermada actividad cerebral en que todo parece atascarse.

Cuando esto nos ocurre, seguramente nos supondrá un mayor esfuerzo tomar decisiones, o lo que es peor, las tomaremos sin haber pensado correctamente y por tanto el resultado de tal decisión y su reacción/acción derivada será muy probablemente diferente a si lo hubiéramos hecho en otro momento.

En palabras llanas, ese estado de empalago mental motivará que pensemos peor, o que nuestra fricción a pensar nos lleve a actuar sin hacerlo. Nuestras convicciones nos engañan, porque no pensamos adecuadamente y no tenemos en cuenta los pequeños detalles.

¿A quién no le ha pasado que en uno de esos días ha hecho o dicho algo que no debía? ¿O que ha tomado una mala decisión? ¿Ha discutido defendiendo una postura errónea? ¿O ha …? Evidentemente, en ese preciso instante pensamos que estamos acertados. Para empeorarlo, hacemos gala de una tozudez exagerada. Solo oímos, no escuchamos. No pensamos con claridad, y aún así nos aferramos a una idea con plena convicción.

Esto nos ocurre porque no hemos detectado ese estado de nubladez mental, o peor, lo hemos ignorado. Y cuando lo detectamos, lo sabio es dejar enfriar. Trata de tomar el menor número de decisiones, posterga hacerlo si no lo precisas en ese preciso instante, sé consciente del riesgo que entraña decidir en este estado (y más aún, decidir y actuar). Y escucha. Oír es un don, sin duda alguna, pero para pensar y decidir no es suficiente.

De nuevo, ¿A quién no le ha ocurrido que tras un suceso que podríamos relacionar con este estado mental, ha llegado a casa y su esposa/o, pareja, padre o madre, le ha abierto los ojos? Relatamos el suceso acontecido con nuestra mayor indignación aguardando una reafirmación plena de nuestra postura, y sin embargo la respuesta que recibimos de la otra parte se siente como una bofetada de realidad.

Una perspectiva nueva, quizá la misma que presentaba nuestro opositor en una discusión, pero que ahora percibimos de un modo totalmente diferente, en parte por cuándo la recibimos pero, sobre todo, por quien abre esa nueva realidad ante nuestros ojos.

Puede ser una persona a la que nos une un fuerte vínculo emocional, una persona en cuyo consejo confiamos, alguien que admiramos, o simplemente alguien a quien escuchamos.

Las palabras que brotan de su boca se nos abren ante nosotros de un modo que cuasi podríamos catalogar de sabiduría pura en ese instante, por mucho que nos pueda doler oírlas. En ocasiones lo son, en otras se trata de argumentos tan simples que nos deja absolutamente perplejos no haber tenido en cuenta. Pero en cualquiera de los casos, son palabras que necesitábamos escuchar.

Y en la mayoría de ocasiones, estas palabras se convertirán en verdaderas lecciones que quedarán grabadas a fuego en nosotros, porque errando se aprende. Trata de no llegar a este extremo. Pero si llegas, aprende a sacar lo mejor de ello, a conocerte un poco más, y a valorar como un tesoro el aprendizaje que te ha aportado.

Por último, agradecer a todas esas personas que tienen, sabiéndolo o no, queriendo o no, la capacidad de hacer que las escuchemos siempre, dándonos valiosas lecciones directa o indirectamente en muchas ocasiones. Para cada uno de nosotros son personas diferentes, y para cada uno de nosotros son personas importantes.

Si te paras, que sea para pensar

Qué frase: Si te paras, que sea para pensar. Motivadora y al tiempo un poco ridícula, porque si estás pensando no te has parado. No solo eso, sino que quizá estés avanzando más de lo que crees.

Qué poca importancia le damos a esto, y cuánto daño nos hace no tenerlo presente cada día de nuestras vidas. Nuestra firme creencia que relaciona avanzar con hacer, nos lleva a querer hacer más y pensar menos. Pensar no es trabajar, pensar no nos hace avanzar, pensar nos retrasa, si estás pensando no haces. Frases comunes, erradas.

Todos nuestros grandes logros a nivel personal y colectivo han comenzando pensando. Se han definido pensando, se han reconducido y se han dirigido hacia su meta pensando.

A la contra, ese proyecto que has abandonado en el momento que has decidido que no te aporta nada, lo has abandonado cuando te has parado a pensar. Y seguro que en muchas ocasiones, si hubieras pensado antes te habrías ahorrado mucho tiempo invertido sin retorno alguno.

Sabes que es así. Definir lo que quieres o debes hacer, el cómo hacerlo, o —no menos importante— lo que no quieres hacer, marcará tu camino. Sin esto, no hay camino, solo un mar inmenso de posibilidades en el que acabarás perdiéndote. Así que ya sabes, si te paras que sea para pensar.

En busca de la excelencia

Por todos es más o menos conocido que la tecnología, la automatización y la robótica avanzan a pasos agigantados. Ese futuro lejano ya no es lejano, nos tropezamos un poco contra el cada día. Tu opción: busca la excelencia.

En momentos como este, si nos detenemos a pensar podremos llegar a visualizar con mayor o menor claridad lo que nos espera en el ámbito laboral a un plazo corto, o medio. Muchos empleos desaparecerán tal y como los conocemos hoy en día (comenzando por los enfocados a labores más rutinarias y automatizables, y avanzando en muchos otros frentes paulatinamente).

Labores incluso que no se nos pasarían por la mente al primer impacto se verán afectadas. Pensar o decidir ya no serán en todos los casos un motivo eximente para la robotización, ya que en muchas ocasiones ese pensar o decidir no son sino el fruto del análisis de muchas opciones y elección de una o varias de ellas en base a criterios replicables. Y eso puede hacerlo una máquina. No solo puede hacerlo, sino que además puede hacerlo mejor.

Una máquina puede almacenar muchos más datos de los que nosotros podríamos, puede analizar en base a determinados criterios de un modo más rápido y con menor margen de error, y puede ejecutar determinadas acciones (muchas) con mayor eficiencia.

¿A qué conclusiones nos llevan estos datos?

Básicamente a una. El trabajo del futuro, para nosotros humanos, se asentará fundamental y casi exclusivamente en todo aquello que vincule el análisis y toma de decisiones.

Seremos muchos para hacer lo mismo. ¿Qué ocurre cuando una universidad tiene una enorme demanda de acceso? Ocurre que se utilizan criterios de selección. Eso mismo ocurrirá en este caso. El conocimiento, la especialización estricta y el buen uso en general de las armas necesarias para pensar, decidir, crear o diseñar serán los factores que sitúen las barreras en su lugar correspondiente. Barreras que unos traspasarán y otros (la mayoría) no.

Por todo ello, prepararse para el futuro implica especializarse, profundizar más y más sobre el conocimiento en áreas concretas y aprender a pensar. Implica ser realmente bueno/a en un área concreta. Avanzar, destacar, crear, innovar. Se trata de la búsqueda constante de la excelencia en un campo determinado, cualquiera.

Y la excelencia, es imposible sin pasión. ¿Qué te apasiona a ti?

¿Hacia dónde queremos ir?

Somos seres irracionales dentro de nuestra condición racional. Esa condición que nos separa del resto de seres vivos y que aparcamos por comodidad. Evitamos la pregunta, ¿Hacia dónde queremos ir?

Nos sentimos motivados para hacer aquellas cosas que rápidamente podemos tachar y dar por concluidas, aunque no nos lleven a ningún lugar (o peor aún, nos alejen incluso del lugar hacia el que deberíamos ir).

Sin embargo, dar un pequeño paso cada día para acercarnos a un objetivo meditado, estudiado, y que sí supone una meta importante para nosotros, es algo que nos cuesta terriblemente.

La luz cercana nos atrae, y no nos paramos a pensar qué nos aportará. Sin embargo la lejana nos repele, porque anteponemos la consecución de resultados inmediatos (aunque tales resultados sean irrelevantes) a un esfuerzo continuado por conseguir lo que de verdad queremos a largo plazo.

Necesitamos vencer nuestra fricción a pensar, a visionar lo que deseamos conseguir o llegar a ser. Ese es el momento de pensar en grande.

Necesitamos detallar qué debemos hacer para llegar a ese punto, y sobre todo debemos sobreponernos a ese “¿me apetece hacer esto ahora?” diario que nos aleja de nuestros más importantes intereses.

El momento de hacer también entraña pensar, pero pensar de otro modo, pensar en un radio mínimo. Pensar en pequeño. Es momento para pensar qué es lo más efectivo que puedo hacer ahora, en este preciso momento, pero no de cuestionar tus metas para eludir hacer lo que debes hacer.

Sin esto, siempre seguiremos siendo seres irracionales, bolsas de plástico vacías que el viento lleva hacia donde quiere, sin un rumbo propio. De este modo, nuestros objetivos nunca dejarán de ser objetivos, no habrá resultados jamás.