El futuro está aquí

El futuro está aquí. Ha llegado.

Precisamente por ese motivo es más necesario que nunca desarrollar todas esas ideas —como las tuyas— que nos permitirán comportarnos y, en general, vivir acorde a la época que estamos viviendo.

Es necesario comprender que hacer lo que hacemos porque es como siempre se ha hecho nos retrasa. Nos perjudica, nos mantiene un paso por detrás del presente. Hubo un tiempo en que alguien innovó, desarrolló ese modo de hacerlo en base al presente que le tocó vivir.

Ahora nuestro compromiso, nuestra necesidad, consiste en hacerlo de nuevo.
¿Tienes ideas? ¿Y a qué esperas?

Sobrecompromiso incómodo

Tengo tendencia al sobrecompromiso. Y tú también la tienes.
En ocasiones esta tendencia, mal gestionada, tiene consecuencias evidentes de mayor o menor gravedad. Algunas de ellas se ven reflejadas en trabajo hasta altas horas. O en tener que renegociar plazos por incapacidad para cumplir. O en invertir tu tiempo y energía en algo que no te aporta, incluso tener que cancelar —o directamente faltar— al compromiso adquirido.

Todas estas consecuencias, y más, son producto de adquirir compromisos que —en la mayor parte de ocasiones— podrías haber rechazado. Si hubieses tomado una decisión en frío teniendo presentes los actuales y tu capacidad para responder ante ellos.

Tu experiencia con este tipo de sobrecompromiso crece a base de errar, sufrir y asumir de un modo u otro esas consecuencias. Cada día que pasa adquieres conocimiento y habilidad para evitarlo haciendo una mejor gestión.

Hay otros tipos menos evidentes de sobrecompromiso.
Quizá porque asumes sus consecuencias como menos graves es más difícil detectarlos. Y por el mismo motivo aún cuando lo detectas le restas importancia. Esto repercute en que derive en un mal persistente, al que además no parece necesario buscar soluciones. Se trata de un sobrecompromiso incómodo, no letal.

Un ejemplo de este tipo de sobrecompromiso incómodo que he detectado en muchas personas son las listas de artículos para leer más tarde. Esas lecturas que te vas encontrando en la red y guardas en tu aplicación de tareas, o en servicios del tipo de Pocket, Instapaper o Evernote.

La mayor parte de personas que conozco no asumen que, en su fuero interno, establecen un compromiso cada vez que envían un nuevo artículo a esa lista. Muchas dirían que son meras posibilidades y no tiene nada de malo guardar esos enlaces. Pero la realidad es diferente. Cuando ese contador llega a 300, 500 o 1000 se frustran, porque en mayor o menor medida han adquirido un compromiso al que están faltando.

Este tipo de sobrecompromiso incómodo puede darse en muchas áreas y acumulativamente puede llegar a ser letal desde un punto de vista interno.

Si te ocurre, puedes adoptar estrategias para evitarlo o minimizar su impacto.
Siguiendo con el ejemplo de las listas de artículos para leer más tarde, una estrategia que me ha funcionado se basa en establecer límites. Autolimitar los pendientes a un número admisible y coherente con la cantidad de artículos que suelo leer, de modo que regularmente —semanalmente— cribo esa lista y nunca llega a abrumarme.

He detectado que al margen de los artículos que leo sobre la marcha cuando estoy buscando algo concreto, o del par de libros que tenga en curso, semanalmente puedo leer entre 10 y 15 artículos largos que me resulten interesantes. Aunque quisiera, la experiencia me demuestra que no dedico más tiempo y recursos a esto. Por tanto, he buscado un margen en que me encuentro cómodo y aplico una regla que podría llamarse del 300%.

Semanalmente elimino las lecturas que a priori entiendo menos relevantes hasta quedarme en un máximo de tres veces el máximo que de media leo semanalmente. En mi caso y para redondear me he quedado con un límite de 50 artículos. Para que uno nuevo permanezca otro sale, bien porque me lo he leído o bien porque lo he eliminado.

Es posible que pienses que esta autolimitación es innecesaria, o que 50 artículos son pocos y tú guardarías 100. Adelante. No hay reglas escritas ni verdades estrictas universales en este sentido. Hay rangos y límites a partir de los cuales sientes que esa lista te abruma, estar fallando o haciendo algo mal.

Por supuesto, las listas de artículos para leer más tarde son un mero ejemplo de ese sobrecompromiso incómodo. Puede darse en muchos otros aspectos de tu vida. Allá donde exista saturación de opciones y un sentimiento amargo por tu incapacidad de gestionarlas, es buen lugar por el que comenzar a filtrar y quedarte con menos opciones pero mejores.

Genial, bueno, irrelevante y mediocre

Una escala de cuatro puntos: genial, bueno, irrelevante y mediocre.

Genial es algo que muy poca gente hace, por incapacidad o por elección. La realidad es que no abunda. Es un adjetivo a utilizar con precaución, porque incluso de lo (muy) bueno a lo genial hay un salto diferencial. Genial es luz en la oscuridad, es romper los esquemas. Genial es una solución definitiva. Si haces algo genial habrás dejado tu huella, una muesca que no se borra. Lo genial no puede ignorarse y es irrefutable, en ocasiones una vida centrada en ofrecer una sola contribución genial merece la pena. Y la gloria.

Bueno es bueno. Sigue sin abundar, aunque lo bueno está mucho más presente que lo genial en todos los ámbitos. Bueno es ayuda y guía, bueno es resolución a problemas o carencias. Bueno es el adjetivo al que cualquier persona debería aspirar, como mínimo, cuando se pone etiquetas a lo que hace. Lo bueno aporta valor, puede ser producto de lo irrelevante llevado varios pasos más allá, y puede convertirse en genial si se mejora hasta lo excepcional.

Las cosas irrelevantes están en todas partes, allá donde mires. Es la salida por defecto, es «cubrir el expediente». Lo irrelevante es entregar lo innecesario por el mero hecho de que se espera que entregues algo. Es la falta de actitud, aptitud, o ambas. Es ruido. Satura un mundo ya de por sí saturado sin aportar nada. Irrelevante es tu propia vida cuando la dedicas a pasar de largo sin aportar valor. Puedes coleccionar cientos y cientos de logros irrelevantes y nadie te recordará. Lo irrelevante sobra.

Si lo irrelevante sobra, lo mediocre insulta. Mediocre es todo lo que no es genial, bueno o irrelevante, y es el adjetivo por excelencia. Si irrelevante hay mucho, mediocre hay demasiado. Está presente en todas partes en un porcentaje extremadamente elevado. Mediocre es ineptitud tolerada, nula ansia por crear valor. Mediocre es aportar basura, entorpecer en lugar de contribuir. Es crítica sin aporte, es mirar por encima del hombro, es tratar de potenciar algo criticando el resto, es destruir en lugar de crear. Mediocre es ausencia de actitud hasta el punto de no alcanzar lo irrelevante.

Todas las personas podemos movernos en todos los escenarios. Por defecto, nos movemos en lo mediocre e irrelevante pero todas tenemos la capacidad de alcanzar y ofrecer lo bueno y lo genial. Acercarse a lo bueno requiere compromiso, constancia y esfuerzo. Acercarse a lo genial requiere un enorme sacrificio, poner cuerpo, mente y alma en ello. Poner corazón.

Saber que está en tu mano, ¿te halaga? ¿te asusta? ¿lo aceptas o lo niegas?
Saber que puedes es equivalente a saber que si no lo tienes, es porque no lo quieres. No lo suficiente. Tu compromiso no es suficiente. Ni tu constancia. No te esfuerzas lo suficiente. No te sacrificas.
Quizá no haces nada de eso porque no quieres. Tienes todo mi apoyo. Pero no te mientas ni nos mientas. No quieres.

Un punto al poder de la diversidad

La diversidad es muy querida. De palabra.
Diversidad de género, de raza, de opinión, de ideas, de experiencias…
Es cool. Es una idea que vende.

Pero la diversidad amenaza al poder.
En algunas ocasiones, cada vez menos por presión social, se veta. En muchas otras, simplemente se permite como atrezo, como imagen políticamente correcta. Casi siempre, permitida o no, tiene poca voz. Convierte poder de pocos en poder de muchos.

Los dinosaurios son cada vez menos. Y todos caerán.
No estés donde no te quieren o valoran. Tu voz enriquece, aporta, vale. Álzala. Y escucha las demás.

Caramelos

Estás tratando de cuidar tu alimentación y ahí te los ponen.
En el mostrador del banco, en tu despacho, en la tienda repleta de neones que tienes delante.

Bajas a tomarte un café y ahí están, cara a cara con tu fuerza de voluntad: croissants, bollería de todo tipo, reclamos para tu cuerpo y mente. Caramelos, mirándote fijamente.

Tratas de convertirte en una persona efectiva pero los caramelos aparecen constantemente, de la nada. Lo inundan todo. Urgencias, emails, interrupciones, pensamientos.

No sucumbas. Es tu salud (mental).
Aguarda, verás beneficios que te reafirmarán y darán fuerza.
Tú mandas, no ellos.

Avanzar, avanzar, avanzar

No le des más vueltas.
Las personas efectivas, las que consiguen resultados, avanzan.

Hay un primer corte que es necesario superar.
Se basa en decidir en qué avanzar. Esto implica —primero— definir un propósito, un fin último que por comparación te ayude a determinar qué aporta y qué no. Si no aporta olvídalo. Si aporta avanza.

Avanzar es avanzar. Si lo crees no estás avanzando. Tienes que saberlo.

Deja de pensar en el color ideal para pintar tu estudio. Avanza.
Busca fotos, hazte un álbum, compara, haz una lista, consulta a tu pareja, compara con tus muebles. Avanza.

Ética

¿Resultados o principios?

Las ocasiones en que unos no interfieren con los otros tienden a cero.
Y que exista interferencia no es mal escenario.
Mal escenario es que choquen, que se opongan, que tener el porcentaje adecuado de unos anule casi por completo a los otros. Y en ese caso, ¿qué harás?
Es tu responsabilidad evaluar y equilibrar. Y anular.
Y perder algo para ganar algo.
De nadie más.

¿Ética? ¿Avance? ¿Cuál primero? ¿Cuál más?
El mundo necesita de ambos.
¿Cómo lo ves? ¿Equilibras y anulas de forma consciente?
Las decisiones se esconden, los comportamientos no.

La magia de lo pequeño

Has decidido reorganizar tu archivo digital.
Reorganiza diez documentos todos los días.

Has decidido leer un libro.
Lee un capítulo, o dos, al día.

Has decidido bajar de peso.
Elimina un alimento inadecuado de tu dieta cada día, introduce uno saludable.
Sal, da un paseo de 30 minutos cada día.

Has decidido ahorrar algo de dinero.
Guarda algo cada día, o cada semana.

Lo pequeño, constante, crea lo enorme.
Un paso tras otro te lleva a cualquier lugar.
Lo pequeño se hace sin gran fricción.
Lo grande casi nunca se alcanza sin lo pequeño.

Pequeño, en perspectiva, es grande. Magia.

Cómo aprender

¿Cómo y cuándo aprender?

Observando. Reuniéndote. Debatiendo. Escuchando. Preguntando. Saboreando. Cuestionando. Abriendo tu mente. Experimentando. Errando. Acertando. Sintiendo. Validando. Revisando. Refutando. Reflexionando. Eligiendo. Decidiendo. Buscando. Leyendo. Estudiando. Retrocediendo. Rememorando. Perseverando. Haciendo. Intentándolo de otro modo.
No rindiéndote.

Con silencio. Con música. En ambientes tranquilos o ruidosos.
En un día soleado o lluvioso. Con calor o frío.
En una conferencia o debate. En un libro o blog. Siguiendo un curso.
Dando un paseo o viendo vídeos en casa. Ordenando tus pensamientos.
Puedes aprender —y aprendes— en todo lugar y momento.
Por cualquier medio, persona o situación.
Hazlo consciente. Aprovéchalo. Sigue aprendiendo.

Manual para (no) líderes

Líderes y no líderes son las mismas personas.

Liderar o no liderar son modos de pensamiento que determinan en qué forma te comportas y que hacen pública —o no— tu candidatura a guiar a otras personas. Esa candidatura puede tener mejor o peor acogida, pero en tu círculo de influencia no está más que presentarla.

Una persona puede elegir no liderar, pero no puede erigirse unilateralmente como líder. Conseguir que otras personas hagan lo que esperas que hagan no te convierte en líder. Que de forma libre y autónoma depositen su confianza en ti para ser lideradas sí lo hace. Y esa decisión es suya, no tuya ni de terceras partes.

Tú ya sabes esto. Eliges a tus líderes. Pueden tratar de imponerte líderes pero la capacidad de permitir que te lideren es sólo tuya. Pueden ofrecer, mandar u ordenar, y responderás en el modo que entiendas que debes hacerlo. Pero jamás te liderarán si tú no quieres que lo hagan.

Nadie lidera siempre, en todo momento y lugar. Hacerlo implicaría además una enorme pérdida de perspectiva que irremediablemente mermaría hasta el extremo sus capacidades para liderar.

Lo que convierte el liderazgo en gran liderazgo es la capacidad para no liderar, de dar un paso atrás y dejar que otras personas lideren. Vivir a ambos lados de la línea, permitir que ambos roles formen parte de ti es absolutamente necesario para construir, cimentar y alimentar las relaciones de liderazgo. Necesitas pedir lo que en otras situaciones se espera de ti y recibir lo que en otras situaciones das, para crecer como líder. Observar, aprender del modo en que otras personas lideran y aprender del modo en que otras personas permiten ser lideradas. Te permite tener la visión completa para mejorar como líder y no líder.

Todos y todas buscamos líderes desesperadamente. Solamente hay que escuchar, observar, desarrollar la capacidad de ver la intención tras esa pregunta o tras esa petición.

Liderar no es darlo todo hecho, ni no liderar esperar que lo hagan por ti.
Liderar no es esperar que todo se haga como tú lo harías, para eso hazlo tú. Se lidera a personas, no a robots ni clones.
Y no liderar no es dejar de lado tu iniciativa y esperar instrucciones claras y precisas sobre todas y cada una de las cosas para no tener que pensar. Eso casi siempre puede hacerlo una máquina mejor, más rápido y más barato que tú.
Liderar es transmitir un mensaje que incluye un propósito, un viaje y un guía.

El verdadero liderazgo se gana, no se compra. Es dar, no recibir; lo contrario a alimentar tu ego. El verdadero liderazgo es humilde. Es mantenerte accesible pero en segundo plano hasta que sea necesario que pases al primero. Guiar, aconsejar, agradecer, cuestionar, retar, empatizar, cohesionar, valorar, facilitar y felicitar, aplaudir. Y también abrazar.

El verdadero liderazgo es sacrificio y entrega, y sólo cuando sientas, comprendas y valores su retorno emocional más puro serás capaz de transmitir con honestidad y transparencia la confianza que transmiten los y las grandes líderes. Ahí radica la diferencia entre parecer o comportarse como, frente a ser líder.