El epicentro

Puedes compartir poco con muchas personas, o mucho con pocas. Que hagas una cosa u otra depende en gran medida en qué resultado desees alcanzar.

Si buscas a la masa, tratarás de generar valor percibido en aportes más genéricos, impersonales, universales.

Si buscas al grupo reducido será más fácil aportar valor real concreto y personalizado, más valor con menos alcance. Aunque siempre puedes tratar de apostar a la idea que se describe en esta película. Mucho valor puede alcanzar a muchas personas.

Existe una diferencia más entre ambas opciones. El epicentro. En el primer caso eres tú. En el segundo, los demás.

Por la vida no corras, camina

Si eres como la mayor parte de las personas —diría como casi todas— seguro que te encuentras a menudo con un par de situaciones opuestas. En ocasiones, pones la vista en algo y te gusta correr, llegar y alcanzarlo cuanto antes. En otras, simplemente no arrancas a moverte y solamente levantas la vista de cuando en cuando, en una postura entre avergonzada y arrepentida, para ver cómo se escapa.

Por defecto, no parece que exista el término medio. Es todo o nada.

Y lo que apenas haces, dar pequeños pasos que te aproximen poco a poco a eso que quieres, resulta que es tu mejor opción.

Cuando corres hacia algo tu vista está fija en tu destino. No te das cuenta si pasas al lado de algo que merece tu atención, ni disfrutas el camino. El camino es un medio, un obstáculo imprescindible de superar para alcanzar tu premio.

En nuestra vida corremos durante semanas, meses, años, y dejamos escapar oportunidades más valiosas que el destino en sí mismo.

Sin embargo cuando caminas te abres a ver cosas que no ves cuando pasas corriendo. Puedes detenerte si algo que merece tu atención se cruza en tu camino y puedes reflexionar sobre hacia dónde te diriges y porqué o para qué lo haces.

Rápido es enemigo de bien. Y no moverte, no te lleva a ningún sitio. El paso lento pero firme deja lugar a la atención y reflexión mientras te acerca a algo.

No olvides que los destinos también cambian y sin atención y reflexión no te darás cuenta, o te la darás tarde. Por la vida no corras, camina.

Ya puedes reordenar listas en Google Tasks

Desconozco el momento exacto en que lo han implementado, pero hoy me he dado cuenta de que ya puedes reordenar listas en Google Tasks.

Este detalle —por el momento solo disponible en la versión web, aunque es de esperar que llegue a las aplicaciones móviles— era, bajo mi punto de vista, uno de los grandes puntos pendientes del servicio de tareas de Google. Se trata de una mejora que no supondrá un antes y un después en sí misma, pero que aporta una gran versatilidad antes inexistente.

Parece que desde Google se han dado cuenta de que una estructura de listas inalterable pasa de la simplicidad para convertirse en carencia.

Me gusta el aspecto limpio de Google Tasks. Y me gusta lo que ha ganado con esta nueva feature.

Quizá mis listas de recordatorios luzcan bonitas ahí. Quizá.

Teoría de juegos

¿Conoces la teoría de juegos?

Hace unas semanas en una reunión informal con amigos, tratábamos de llegar a consenso sobre un tema concreto y alguien tuvo la brillante idea de llevar a cabo este «juego» buscando provocar algunos cambios de perspectiva.

De un modo muy resumido, la teoría de juegos se basa en el estudio estadístico de los resultados de decisiones que llevan a cabo las personas. Pero no de cualquier tipo de decisión. Estudia aquellas decisiones en que el factor determinante, la información útil que manejas para tomar tu decisión y que puede beneficiarte o perjudicarte está basado en las decisiones o elecciones de otras personas.

Se trata de una herramienta muy a tener en cuenta en diversos campos, por ejemplo teoría económica, psicológica y social.

Te pondré un ejemplo, uno de los varios ejemplos de juegos representativos de esta teoría. Los prisioneros.

Imagina por un momento que tanto tú como otra persona sois apresadas por la policía acusadas de cometer un delito. La policía os interroga por separado y os expone un escenario, el único posible, a través de una serie de opciones.

Si ninguno delatáis al otro, ambos iréis a la cárcel durante un año. Si os delatáis mutuamente iréis a la cárcel dos años. Y si delatas a la otra persona —o ella te delata— pero la otra parte mantiene el silencio, la persona delatada cumplirá tres años y la que se ha chivado saldrá impune.

¿Cuál sería tu opción? Si te paras y piensas, una de ellas parece que es más beneficiosa que la otra —para ti, por supuesto—. Sin embargo, te diré que las personas y nuestros sesgos no siempre optamos por la opción más lógica.

Ser grande no es mejor

Yo ya me encuentro en esa edad en que miro a mi hijo adolescente y pienso: «Quién volviera a estar ahí…».

Sin embargo, también recuerdo que cuando tenía su edad tenía prisa por crecer. Crecer lo antes posible para ser independiente, tomar mis propias decisiones, hacer lo que me diera la gana o simplemente tener mis propios recursos económicos sin dependencias externas.

Hoy que ya he superado ese umbral hace tiempo querría —en muchos aspectos— volver atrás y que «mis problemas» e inquietudes fueran los suyos.

A una empresa u organización le ocurre lo mismo.

En general, las micro y pequeñas empresas miran arriba y quieren crecer. Contemplan a las grandes, las imitan, quisieran parecerse a ellas y poder disfrutar de todas las ventajas que como si de un «aura de fuerza» se tratase las rodea.

Sin embargo las grandes, sin renunciar a algunas cosas, quisieran volver a ser pequeñas. Quieren poder tomar decisiones rápidas y quieren poder materializarlas cuanto antes. Quieren poder cambiar de rumbo en un suspiro, pero son lentas y pesadas. Eso es fácil cuando en la empresa —a nivel global— toman decisiones cinco, dos o incluso una única persona. Es uno de tantos ejemplos.

Ser grande es diferente, pero no es mejor. Mejor siempre depende de «para qué».

No puede tenerse todo. Valora tus fortalezas —que en muchas ocasiones se pasean desapercibidas ante tus ojos— y cuidado con lo que deseas. A veces se cumple.

Si te paras, que sea para pensar

Qué frase: “Si te paras, que sea para pensar”. Motivadora y al tiempo un poco ridícula, porque si estás pensando no te has parado. No solo eso, sino que quizá estés avanzando más de lo que crees.

Qué poca importancia le damos a esto, y cuánto daño nos hace no tenerlo presente cada día de nuestras vidas. Nuestra firme creencia que relaciona avanzar con hacer, nos lleva a querer hacer más y pensar menos. Pensar no es trabajar, pensar no nos hace avanzar, pensar nos retrasa, si estás pensando no haces. Frases comunes, erradas.

Todos nuestros grandes logros a nivel personal han comenzando pensando. Se han definido pensando, se han reconducido y se han dirigido hacia su meta pensando.

A la contra, ese proyecto que has abandonado en el momento que has decidido que no te aporta nada, lo has abandonado cuando te has parado a pensar. Y seguro que en muchas ocasiones, si hubieras pensado antes te habrías ahorrado mucho tiempo invertido sin retorno alguno.

Sabes que es así. Definir lo que quieres o debes hacer, el cómo hacerlo, o —no menos importante— lo que no quieres hacer, marcará tu camino. Sin esto, no hay camino, solo un mar inmenso de posibilidades en el que acabarás perdiéndote. Así que ya sabes, si te paras que sea para pensar.