Estrés por no saber a dónde ir

Confiésalo. Te incomoda profundamente. En ocasiones llega incluso a paralizarte. El estrés por no saber a dónde ir es una constante que amarga cada recorrido que se presenta ante ti.

Imagina que te encuentras en una ciudad desconocida y necesitas ir desde donde te encuentras a otro punto a un par de kilómetros. Sales a la calle y no sabes en qué dirección comenzar a caminar. No tienes móvil, ni Google Maps. Pero te permiten darle un vistazo rápido a un mapa en papel, un par de minutos.

La adrenalina se dispara. Necesitas situar en qué punto te encuentras y también a qué punto te diriges. A partir de ahí comienzas a grabar en tu mente el recorrido mentalmente siguiendo el mapa. Esta calle hasta aquí, giro a la izquierda. Tres esquinas más adelante, giro a la derecha… emprendes rumbo y tu cerebro está firmemente enfocado en esa ruta que acabas de estudiar. Apenas ves nada, no te fijas en los comercios, ni en la gente que pasa, ni en los coches… en nada.

De repente te dispones a cruzar la calle en estado de plena concentración y viene un coche que no has visto. Te da un susto de muerte. El conductor te pita, te da voces a través de la ventanilla, pero gracias a Dios has tenido suerte y estás a salvo. Te dispones a continuar tu viaje y esa ruta perfecta ya no está grabada, se ha esfumado. Con algo de suerte tendrás clara la dirección aproximada en que vas, pero nada más. De nuevo la incertidumbre.

Ahora, imagina la misma situación pero en este caso el lugar al que vas es la Torre de Cristal.
Te asomas a la ventana o sales a la calle y la ves ahí, dominando el cielo de la ciudad. Solamente necesitas ir avanzando en su busca, de forma relajada, acercándote cada vez un poco más. Si te encuentras un obstáculo puedes rodearlo sin miedo a perder tu rumbo, sigue ahí marcando tu meta, esperando a que levantes la mirada.

Puedes fijarte en los comercios, en la gente, en las calles. Empaparte de la ciudad, disfrutar tu camino. Sabes a dónde te diriges y no necesitas ni una ruta marcada al milímetro ni enfocar tu atención de forma plena en el próximo giro que necesitarás dar.

Tu vida es un recorrido como este y puedes hacerlo de ambos modos.

No necesitas una ruta detallada y desde luego no necesitas sentir constantemente una profunda sensación de estrés por no saber a dónde ir. Lo que necesitas es plantar tu rascacielos en tu meta; sea más grande o más pequeña. Sea un proyecto a corto plazo, sea algo que quieres alcanzar a un par de años o tres, o sea ese lugar en que quieres estar al final de tu vida. Planta rascacielos en cada uno de esos puntos, más altos cuanto más lejos estén de modo que los veas bien, sin esfuerzo, sin miedo a perderlos de vista.

Son tus resultados, tus metas, tu propósito. Ahora puedes hacer tu viaje de forma relajada, con la seguridad de que están ahí esperándote. Puedes sentirte libre de cambiarlos de lugar si es necesario, son tuyos y sólo tuyos.

En GTD®, la sobre-planificación forzada de tu estresante ruta del primer ejemplo se ve sustituida por la marcha relajada hacia tu rascacielos del segundo. Se llama Perspectiva y es un juego en que tienes la total y absoluta libertad de poner tus rascacielos donde quieras, de añadir más o de eliminar otros, de moverlos. Y de hacer tu camino (tu vida) de forma relajada, disfrutando, mientras te diriges hacia ellos.

La envoltura vende

Es una realidad, la envoltura vende. Pasas ante una confitería y de repente tu atención se dispara. No sabes a dónde mirar. Qué aspecto magnífico tiene todo. Ya ni siquiera recuerdas que has desayunado hace quince minutos, tu cuerpo reacciona y comienzas a salivar. Hasta te olvidas de que has salido de la oficina con el tiempo justo para ir a ver a un cliente. Imaginas como tu paladar reaccionaría al degustar lo que estás viendo.

Cuando por fin te pones manos a la obra para buscar —con la intención de contratar— algún tipo de servicio profesional te ocurre algo similar. Buscas en Google y examinas atentamente las primeras posiciones que te presenta, te ofrecen seguridad. Buscas una imagen corporativa potente, unas oficinas ostentosas o una extensa página «sobre nosotros» saturada de grandes logros que en muchas ocasiones no alcanzas a comprender realmente qué significan o cómo transforman esa opción en tu mejor opción. Pero definitivamente es una de las mejores.

Esto no es nada nuevo, siempre ha sido así en determinados aspectos. Y desde hace varias décadas crear la envoltura adecuada a cualquier cosa en la que puedas pensar se ha convertido en un noble arte, en magia que pretende —y muchas veces consigue— hacerte ir un paso más allá. Transformar deseo en acción.

Marketing, venta, persuasión. Todo. Toda envoltura bebe de ellos aunque ellos son mucho más que envolturas. Están presentes en cualquier lugar al que mires, en cada sonido que escuches.

El aspecto de las tartas es envoltura. Y las primeras posiciones en Google. Las oficinas, la carta de presentación con multitud de logros y promesas, el blog de esa persona que trata de posicionarse como experta en su sector, el podcast que escuchas mientras conduces, la ropa que vistes, tus gestos. Todo lo que se te ocurra es envoltura o se compone en un —alto— porcentaje de ella. Un paquete de servicios es envoltura, y el cómo te lo venden es la envoltura de la envoltura. La lista de envolturas es infinita.

El problema de la envoltura es que no permite ver qué esconde en su interior. Hay envolturas más transparentes y las hay menos, pero su grado de transparencia solo lo conoce —y en ocasiones, no siempre— quien las crea y envuelve con ellas. Las mejores de todas, las realmente buenas, son (casi) transparentes. Pero tú solo puedes intuirlo, no lo sabes realmente.

La envoltura apropiada puede hacerte ganar muchos clientes pero no mantenerlos. La confitería o el profesional que realmente fidelizan a sus clientes lo hacen o bien porque su envoltura tiene un alto grado de transparencia, o bien porque han diseñado una envoltura opaca que esconde en su interior algo mejor de lo que en principio muestra. En el primer caso, más clientes prueban sus productos o servicios y el grado de satisfacción es acorde a lo que esperaban. En el segundo, menos clientes se aventuran a dar el primer paso pero tras hacerlo su grado de satisfacción es muy elevado, acorde al hecho de que sus expectativas se han visto superadas. Una envoltura demasiado mala redundará en inexistencia de clientes y sin clientes no hay satisfacción. Una buena que esconde un mal producto o servicio funcionará mejor a corto pero peor a medio y largo plazo.

Existe una frase que afirma que cuesta menos fidelizar que generar venta a nuevos actores. En general yo no estoy de acuerdo. Existen muchos matices determinantes —algunos de gran peso— que deben ser tenidos en cuenta, que hacen que esa afirmación no siempre sea correcta. Ni siquiera casi siempre. Quizá ni en la mayoría de ocasiones.

Fidelizar es viabilidad a largo plazo. Fidelizar también es, en cierto sentido, síntoma de que se está haciendo uso de una envoltura con un alto grado de transparencia o se dispone de un contenido de superior calidad al que ésta transmite. También es un signo claro de haber localizado y llegado a los actores oportunos. Y fidelizar es envoltura en sí mismo; marketing, venta, persuasión, todo. Fidelizar es más que envoltura aunque la incluye, y cuesta más que envoltura a secas. También retorna más, mucho más. Es confianza. Y un actor adecuado, el que cree en el valor que recibe y está dispuesto a difundir y recomendar es la mejor envoltura jamás creada.

Equilibrar —de un modo eficiente— envoltura y lo que esconde es una labor complicada, y dicho equilibrio no se encuentra en el mismo lugar para todos los productos, servicios o personas.

Cuanto mejor es lo que haces o más aporta lo que vendes más transparente puede ser la envoltura que apliques, y por tanto menos recursos tendrás que invertir en confeccionarla y mantenerla. Tu trabajo la potenciará y la coherencia entre lo que haces, dices y proyectas será una constante, lo cual alimentará de forma continuada y constante la confianza de tus clientes. Cuanto peor es lo que haces más opaca debe ser tu envoltura, y más envoltura sobre envoltura necesitarás. Tus recursos se verán consumidos en su totalidad en este proceso de crear y mantener unas envolturas sobre otras. Nunca podrás permitirte mejorar la esencia que se esconde bajo todas ellas y la confianza en lo que haces se verá penalizada antes o después.

Al final, lo que perdura es el valor. Por mucho que hagas o digas, por mucho que ocultes o muestres. En un mundo en que la oferta supera muy ampliamente la capacidad —por déficit económico o de recursos, de disponibilidad o ausencia de necesidad— de consumo de las personas, lo único que no ha cambiado es que todo el mundo quiere invertir en lo que le retorna más que le cuesta y nadie quiere invertir en lo que le cuesta más que retorna. El mal marketing pone su foco en la venta, el buen marketing pone su foco en el valor. La respuesta siempre está en el valor.

Lo (no) evidente

Hace unos días pasé frente a un negocio y no pude evitar fijarme en que a su rótulo exterior le faltaba una letra. No se apreciaba cuál era, pero dentro del marco del término en cuestión era evidente.

Tras un instante lo comenté con quien me acompañaba, un comentario pueril e inocente. De esos que salen de tu boca sin apenas pensar, casi más por decir algo y romper el silencio.

Él, que es una persona de ese barrio de toda la vida, sonrió primero y me corrigió después.

«No se llama así. La letra que falta es una «a»». Volví la mirada atrás, sorprendido. Siendo totalmente sincero, debo decirte que lo hice más por buscar alguna prueba que apoyase mi presunción que por otro motivo.

«Ese comercio lleva ahí 40 años y ha cerrado este año, qué cosas…» —Prosiguió— «Esa letra tiene historia. Se cayó hace un montón de años y de ahí surgió su nuevo nombre. Casi todo el mundo que no lo conocía de antes comenzó a llamarlo así, presumiendo lo mismo. Mi madre iba mucho, y en una ocasión salió ese tema de conversación y le dijeron entre risas que mucho mejor dos nombres por el precio de uno. No parece que nunca les haya preocupado.»

Vaya. Pues no iba a poder convencerle, disponía de demasiada información. Pero tampoco hacía falta, claro.
Tras procesarlo brevemente no pude evitar sonreír también al pensar cuánto se me (te) escapa por no dedicar un momento a mirar con otros ojos, a pensar, analizar, cuestionar mínimamente o preguntar en lugar de suponer. Por depositar confianza ciega en algo que nadie ha dicho que tenga que ser así.

Ocurre a diario, a todas las personas y en todos los lugares. En muchas ocasiones no te das cuenta, pero ocurre. Y en muchas ocasiones su resultado apenas tiene trascendencia más allá de la anécdota. Pero cuanto más ocurre y más lo pasas por alto, más te reafirmas en un comportamiento de cuestionable beneficio. Obtener resultado sin coste siempre es apetecible pero nunca sale gratis. Y en ocasiones sí trasciende.

Pequeños momentos como este sirven para abrir un espacio a la reflexión sobre tus (mis) comportamientos y sesgos. Magia encerrada en un comentario pueril que pudiera no haber visto la luz jamás. Fortuna en lo espontáneo y ocasional. Oportunidad para admitir como lo evidente juega con nuestra mente y no lo es tanto. Oportunidades perdidas y refuerzo de conductas indeseables por tener tanta prisa, por abrazar la primera opción.

Procura dejar siempre espacio a otras opciones, a lo (no) evidente.

GTD®, enfoque y libertad

GTD® es sentido común. Dar tus primeros pasos implica tener claridad y valor para admitirlo, y dar los siguientes establecer un compromiso consecuente. Pero GTD® es mucho más.
Es pensar en resultados y en el próximo paso que te acerque a ellos.
GTD® es pensamiento, decisión y reflexión. Es actitud más que aptitud.
GTD® es necesidad ante un mundo hiperconectado y saturado. Es explorar, es acoger y también es descartar.

GTD® propone, no impone. Es un modo de pensar antes que un modo de actuar, y es un modo de actuar que no necesita de un modo de pensar. Necesita pensamiento y comportamiento. Necesita que en ocasiones uno gobierne al otro, y que en otras el otro se anticipe al uno.
GTD® abre puertas, no las cierra. Te pone en el centro de un espacio donde tú y solo tú decides hacia donde dirigirte.

GTD® consiste en capturar, aclarar, organizar, reflexionar y ejecutar.
Consiste en tener presentes todas tus opciones. En evaluarlas, pensar sobre ellas y tomar decisiones sobre que compromisos asumes y que compromisos eludes. Y en ponértelo fácil para hacer lo que decidas hacer y avanzar hacia lo que deseas alcanzar.
GTD® consiste en practicar para saber en qué momento correr y en qué momento parar. En qué momento mirar arriba y en qué momento mirar abajo. Consiste en aprender a escucharte y detectar tus necesidades.

GTD® consiste en ser flexible, no en ser estricto. Consiste en mantener la mirada sobre la esencia y no sobre el detalle. Y consiste en retirar la mirada de la esencia y fijarla en el detalle.
GTD® consiste en crear y mantener actualizado y accionable un inventario de tus compromisos que te permita liberar espacio mental y abrir las puertas a la creatividad. Consiste en economizar en recursos que no obtienen retorno y en dedicarlos a lo que retorna un valor por encima de su coste.

GTD® te abre la puerta a derribar el castillo de naipes porque puede construirse de nuevo.
Te hace libre para tomar el camino equivocado porque puedes regresar. Porque aprendes y refuerzas. Porque puedes construir nuevos caminos que hasta ahora desconocías y porque cualquiera de ellos puede ser el correcto.
GTD® te brinda la libertad y confianza necesarias para centrarte y perderte por completo en lo que estás haciendo porque sabes que el resto puede esperar.

GTD® te brinda la oportunidad de ser libre para hacer lo que quieras y cuando quieras sin la amarga sensación de no saber si tendrías que estar haciendo otra cosa.
Te permite mantener el control sobre tu vida, te pone al mando. Te garantiza evaluar y tomar decisiones sobre todo aquello que te importa. Primero no cambia nada fuera, cambia todo dentro. Después cambia mucho fuera, consecuencia de los cambios dentro.

GTD® no es un conjunto de reglas que te someten, sino un conjunto de prácticas que te guían.
GTD® te ayuda a mirar dentro antes que fuera, para ayudarte a descubrir qué deseas. Y a mirar fuera antes que dentro para ampliar o modificar tu círculo de deseos.
Es brújula más que mapa, para ayudarte en tu camino hacia ese lugar. Y es mapa más que brújula, para ayudarte a visualizar donde estás y dónde se encuentra el destino que has elegido.

GTD® no consiste en tener de forma permanente la mirada fija en un destino, sino en tener la capacidad de revaluarlo y cambiarlo. Tampoco consiste en hacer planes inquebrantables, sino en forjar un nuevo plan cada día a sabiendas de su volatilidad.
GTD® te enseña que el mejor modo de tratar con lo incierto es asumirlo como constante y que estar preparado es posible.

GTD® consiste en revaluar donde estás y donde quieres estar con regularidad y hacer correcciones en tu camino.
Consiste en no aceptar que estás en manos del destino y aceptar la responsabilidad de tener algo que decir.
GTD® consiste en distinguir qué no puedes cambiar y qué sí, y centrar tus esfuerzos en esto último. Y en aceptar que estar en continuo movimiento no tiene sentido si no sabes para qué haces lo que haces.

GTD® consiste en salir de la falsa zona de confort que te proporciona el desconocimiento, en asumir que desde la ignorancia tolerada tu única alternativa es convertirte en una persona reactiva en todo momento.
Consiste en elegir proactividad antes que reactividad en cada ocasión que te sea posible. También consiste en prever y anticipar en lugar de reaccionar.
GTD® consiste en hacer lo que debes en el momento adecuado y en saber postergar lo que aún necesita su propio momento.

Recientemente, la David Allen Company ha resumido todo esto y mucho más —en algunos casos lo he obviado, en otros afortunadamente estoy por descubrirlo— en una solemne sentencia: Freedom. Focus. GTD®.

En unos años, si aún no te has ido o si vuelves aquí, descubriremos más. Quizá sigas en tu camino, o quizá busques volver a él. Yo seguiré firme en el mío, con sus curvas, subidas y bajadas, a mi ritmo. Y ampliaremos o reescribiremos esta entrada, juntos, para abrir el mundo de GTD® a quien viene detrás. O mejor dicho, para que GTD® le abra los ojos a su propio mundo.

Sobrecompromiso incómodo

Tengo tendencia al sobrecompromiso. Y tú también la tienes.
En ocasiones esta tendencia, mal gestionada, tiene consecuencias evidentes de mayor o menor gravedad. Algunas de ellas se ven reflejadas en trabajo hasta altas horas. O en tener que renegociar plazos por incapacidad para cumplir. O en invertir tu tiempo y energía en algo que no te aporta, incluso tener que cancelar —o directamente faltar— al compromiso adquirido.

Todas estas consecuencias, y más, son producto de adquirir compromisos que —en la mayor parte de ocasiones— podrías haber rechazado. Si hubieses tomado una decisión en frío teniendo presentes los actuales y tu capacidad para responder ante ellos.

Tu experiencia con este tipo de sobrecompromiso crece a base de errar, sufrir y asumir de un modo u otro esas consecuencias. Cada día que pasa adquieres conocimiento y habilidad para evitarlo haciendo una mejor gestión.

Hay otros tipos menos evidentes de sobrecompromiso.
Quizá porque asumes sus consecuencias como menos graves es más difícil detectarlos. Y por el mismo motivo aún cuando lo detectas le restas importancia. Esto repercute en que derive en un mal persistente, al que además no parece necesario buscar soluciones. Se trata de un sobrecompromiso incómodo, no letal.

Un ejemplo de este tipo de sobrecompromiso incómodo que he detectado en muchas personas son las listas de artículos para leer más tarde. Esas lecturas que te vas encontrando en la red y guardas en tu aplicación de tareas, o en servicios del tipo de Pocket, Instapaper o Evernote.

La mayor parte de personas que conozco no asumen que, en su fuero interno, establecen un compromiso cada vez que envían un nuevo artículo a esa lista. Muchas dirían que son meras posibilidades y no tiene nada de malo guardar esos enlaces. Pero la realidad es diferente. Cuando ese contador llega a 300, 500 o 1000 se frustran, porque en mayor o menor medida han adquirido un compromiso al que están faltando.

Este tipo de sobrecompromiso incómodo puede darse en muchas áreas y acumulativamente puede llegar a ser letal desde un punto de vista interno.

Si te ocurre, puedes adoptar estrategias para evitarlo o minimizar su impacto.
Siguiendo con el ejemplo de las listas de artículos para leer más tarde, una estrategia que me ha funcionado se basa en establecer límites. Autolimitar los pendientes a un número admisible y coherente con la cantidad de artículos que suelo leer, de modo que regularmente —semanalmente— cribo esa lista y nunca llega a abrumarme.

He detectado que al margen de los artículos que leo sobre la marcha cuando estoy buscando algo concreto, o del par de libros que tenga en curso, semanalmente puedo leer entre 10 y 15 artículos largos que me resulten interesantes. Aunque quisiera, la experiencia me demuestra que no dedico más tiempo y recursos a esto. Por tanto, he buscado un margen en que me encuentro cómodo y aplico una regla que podría llamarse del 300%.

Semanalmente elimino las lecturas que a priori entiendo menos relevantes hasta quedarme en un máximo de tres veces el máximo que de media leo semanalmente. En mi caso y para redondear me he quedado con un límite de 50 artículos. Para que uno nuevo permanezca otro sale, bien porque me lo he leído o bien porque lo he eliminado.

Es posible que pienses que esta autolimitación es innecesaria, o que 50 artículos son pocos y tú guardarías 100. Adelante. No hay reglas escritas ni verdades estrictas universales en este sentido. Hay rangos y límites a partir de los cuales sientes que esa lista te abruma, estar fallando o haciendo algo mal.

Por supuesto, las listas de artículos para leer más tarde son un mero ejemplo de ese sobrecompromiso incómodo. Puede darse en muchos otros aspectos de tu vida. Allá donde exista saturación de opciones y un sentimiento amargo por tu incapacidad de gestionarlas, es buen lugar por el que comenzar a filtrar y quedarte con menos opciones pero mejores.

Genial, bueno, irrelevante y mediocre

Una escala de cuatro puntos: genial, bueno, irrelevante y mediocre.

Genial es algo que muy poca gente hace, por incapacidad o por elección. La realidad es que no abunda. Es un adjetivo a utilizar con precaución, porque incluso de lo (muy) bueno a lo genial hay un salto diferencial. Genial es luz en la oscuridad, es romper los esquemas. Genial es una solución definitiva. Si haces algo genial habrás dejado tu huella, una muesca que no se borra. Lo genial no puede ignorarse y es irrefutable, en ocasiones una vida centrada en ofrecer una sola contribución genial merece la pena. Y la gloria.

Bueno es bueno. Sigue sin abundar, aunque lo bueno está mucho más presente que lo genial en todos los ámbitos. Bueno es ayuda y guía, bueno es resolución a problemas o carencias. Bueno es el adjetivo al que cualquier persona debería aspirar, como mínimo, cuando se pone etiquetas a lo que hace. Lo bueno aporta valor, puede ser producto de lo irrelevante llevado varios pasos más allá, y puede convertirse en genial si se mejora hasta lo excepcional.

Las cosas irrelevantes están en todas partes, allá donde mires. Es la salida por defecto, es «cubrir el expediente». Lo irrelevante es entregar lo innecesario por el mero hecho de que se espera que entregues algo. Es la falta de actitud, aptitud, o ambas. Es ruido. Satura un mundo ya de por sí saturado sin aportar nada. Irrelevante es tu propia vida cuando la dedicas a pasar de largo sin aportar valor. Puedes coleccionar cientos y cientos de logros irrelevantes y nadie te recordará. Lo irrelevante sobra.

Si lo irrelevante sobra, lo mediocre insulta. Mediocre es todo lo que no es genial, bueno o irrelevante, y es el adjetivo por excelencia. Si irrelevante hay mucho, mediocre hay demasiado. Está presente en todas partes en un porcentaje extremadamente elevado. Mediocre es ineptitud tolerada, nula ansia por crear valor. Mediocre es aportar basura, entorpecer en lugar de contribuir. Es crítica sin aporte, es mirar por encima del hombro, es tratar de potenciar algo criticando el resto, es destruir en lugar de crear. Mediocre es ausencia de actitud hasta el punto de no alcanzar lo irrelevante.

Todas las personas podemos movernos en todos los escenarios. Por defecto, nos movemos en lo mediocre e irrelevante pero todas tenemos la capacidad de alcanzar y ofrecer lo bueno y lo genial. Acercarse a lo bueno requiere compromiso, constancia y esfuerzo. Acercarse a lo genial requiere un enorme sacrificio, poner cuerpo, mente y alma en ello. Poner corazón.

Saber que está en tu mano, ¿te halaga? ¿te asusta? ¿lo aceptas o lo niegas?
Saber que puedes es equivalente a saber que si no lo tienes, es porque no lo quieres. No lo suficiente. Tu compromiso no es suficiente. Ni tu constancia. No te esfuerzas lo suficiente. No te sacrificas.
Quizá no haces nada de eso porque no quieres. Tienes todo mi apoyo. Pero no te mientas ni nos mientas. No quieres.

Manual para (no) líderes

Líderes y no líderes son las mismas personas.

Liderar o no liderar son modos de pensamiento que determinan en qué forma te comportas y que hacen pública —o no— tu candidatura a guiar a otras personas. Esa candidatura puede tener mejor o peor acogida, pero en tu círculo de influencia no está más que presentarla.

Una persona puede elegir no liderar, pero no puede erigirse unilateralmente como líder. Conseguir que otras personas hagan lo que esperas que hagan no te convierte en líder. Que de forma libre y autónoma depositen su confianza en ti para ser lideradas sí lo hace. Y esa decisión es suya, no tuya ni de terceras partes.

Tú ya sabes esto. Eliges a tus líderes. Pueden tratar de imponerte líderes pero la capacidad de permitir que te lideren es sólo tuya. Pueden ofrecer, mandar u ordenar, y responderás en el modo que entiendas que debes hacerlo. Pero jamás te liderarán si tú no quieres que lo hagan.

Nadie lidera siempre, en todo momento y lugar. Hacerlo implicaría además una enorme pérdida de perspectiva que irremediablemente mermaría hasta el extremo sus capacidades para liderar.

Lo que convierte el liderazgo en gran liderazgo es la capacidad para no liderar, de dar un paso atrás y dejar que otras personas lideren. Vivir a ambos lados de la línea, permitir que ambos roles formen parte de ti es absolutamente necesario para construir, cimentar y alimentar las relaciones de liderazgo. Necesitas pedir lo que en otras situaciones se espera de ti y recibir lo que en otras situaciones das, para crecer como líder. Observar, aprender del modo en que otras personas lideran y aprender del modo en que otras personas permiten ser lideradas. Te permite tener la visión completa para mejorar como líder y no líder.

Todos y todas buscamos líderes desesperadamente. Solamente hay que escuchar, observar, desarrollar la capacidad de ver la intención tras esa pregunta o tras esa petición.

Liderar no es darlo todo hecho, ni no liderar esperar que lo hagan por ti.
Liderar no es esperar que todo se haga como tú lo harías, para eso hazlo tú. Se lidera a personas, no a robots ni clones.
Y no liderar no es dejar de lado tu iniciativa y esperar instrucciones claras y precisas sobre todas y cada una de las cosas para no tener que pensar. Eso casi siempre puede hacerlo una máquina mejor, más rápido y más barato que tú.
Liderar es transmitir un mensaje que incluye un propósito, un viaje y un guía.

El verdadero liderazgo se gana, no se compra. Es dar, no recibir; lo contrario a alimentar tu ego. El verdadero liderazgo es humilde. Es mantenerte accesible pero en segundo plano hasta que sea necesario que pases al primero. Guiar, aconsejar, agradecer, cuestionar, retar, empatizar, cohesionar, valorar, facilitar y felicitar, aplaudir. Y también abrazar.

El verdadero liderazgo es sacrificio y entrega, y sólo cuando sientas, comprendas y valores su retorno emocional más puro serás capaz de transmitir con honestidad y transparencia la confianza que transmiten los y las grandes líderes. Ahí radica la diferencia entre parecer o comportarse como, frente a ser líder.

Experimentar

Experimentar.
Según Wikipedia, un experimento es un procedimiento llevado a cabo para apoyar, refutar, o validar una hipótesis.

Evidentemente, su mayor o menor grado de rigor depende de muchos parámetros. Por un lado el omnipresente «qué» se quiere validar o refutar, y por otro el margen de error admisible.
En función a esos datos se pueden establecer los «cómos». Y es que para dotarlo de un mínimo rigor puede ser necesario contar con un mínimo de cien mil muestras para análisis y comparación, o puede que baste solo una.

Ahí me encuentro yo.
Me gusta experimentar. Y únicamente necesito una muestra.
Una concreta. La mía.

Me gusta experimentar con sensaciones, me gusta encontrar nuevos caminos y explorarlos. Me gusta comprobar si puedo reafirmarme y dotar de más peso —siempre dentro de mi escala particular y subjetiva— una idea o creencia que presumo de cierto valor. Esto es suficiente para mí, porque me aporta el resultado que busco. Un impacto controlado y reducido a una única muestra. Un experimento personal.

En ese sentido, siempre tengo algo en marcha.
Algo que me saca de mi zona de confort, algo que me obliga a ser consciente. Es un —enorme— derroche de energía y un ataque directo a la eficiencia. Me pone a prueba. Y me ayuda a llegar a conclusiones a las que no llegaría de otro modo.

Me ayuda a conocerme por dentro, me da información a través de un trabajo interno que luego tiene gran repercusión en mi trabajo externo. En qué hago cada día, en para qué lo hago y en el modo de hacerlo.

Un ejemplo es mi propio sistema de listas de organización personal.
Cambio de software, cambio de estructura, cambio de enfoque. No busco el software perfecto. Ni la estructura perfecta, ni la taxonomía perfecta para mis listas. No es un trabajo centrado en herramientas, tecnología o software. Es un trabajo centrado en la mente.

Busco el equilibrio, busco acercarme a la perfección en lo que se refiere a sensaciones y sus consecuencias en lugar de dejarlo al azar. Exploro para comparar qué y cómo lo siento y los comportamientos derivados. Exploro dentro, no fuera.
No ocurre de forma premeditada. Ocurre cuando lo necesito, cuando debe ocurrir. Es una necesidad que se presenta sin llamar antes.

Se trata de un espacio que —por firme convicción y sumisa resignación— necesito. No soy el único. Ni soy el único que desde hace años experimenta haciendo estallar en añicos la eficiencia en su vida.

Esta inversión de recursos tiene un precio y un retorno. ¿Compensa?
En mi caso la respuesta es un rotundo sí. En el tuyo puede ser otra.

Otro ejemplo es el enfoque que he dado a este blog.
Consecuencia del reciente cierre de una etapa de mi vida, tomé de la decisión de no volver a arrepentirme jamás por dejar de ser fiel a lo que soy, a lo que pienso y a lo que hago. Y yo soy —siempre he sido— un «calidad sobre cantidad», un «menos es más» por convicción, un enemigo acérrimo del decoro insustancial. Para todo. Tribu y no multitud.

Así que he decidido ponerme a prueba de nuevo, salir de mi zona de confort y experimentar. Dejar a un lado el altavoz que brindan las redes y canalizar esa energía hacia algo nuevo para mí. Algo que me rete y me ayude a mirar hacia adentro. Y esto se traduce en escribir más, mucho más.

Durante este presente 2021 publicaré una entrada diaria en este blog, Dios mediante. Y de ese compromiso nace el poco original término de Bleet, entradas rápidas autolimitadas a cien palabras que cubrirán gran parte del calendario futuro.
Cien palabras bastan para poner sobre la mesa una idea, opinión o consejo. Sin florituras, relleno, autobombo o demagogia barata. Sin darle vueltas a la misma frase durante cinco minutos.

Espero que te gusten y, sobre todo, te inviten a la reflexión. Seguimos experimentando.

Cada céntimo cuenta

Mis primeros años de vida transcurrieron entre negocios de hostelería.

Mis padres gestionaban una sidrería-restaurante de dimensiones considerables en una zona de mi ciudad de gran actividad. Entre semana, varios centros de estudios —institutos— muy cercanos garantizaban el movimiento. Y en aquella época, justo frente al local cada domingo se desplegaba el rastro.

Se marchaban por la mañana muy temprano, antes de que yo despertase. Y cuando regresaban yo ya dormía. Todos los días, sin excepción.

Mis recuerdos en aquel local —que hoy lleva varios años cerrado— son muchos. Partidas de billar en la planta superior con los adultos, juegos, comidas en una esquina de la cocina junto a una radio AM/FM que repetía una y otra vez In the army now de Status Quo, clientes habituales que en ocasiones «obligaban» a mi padre comprándome un huevo Kinder o las inevitables riñas cada vez que jugando atravesaba corriendo el local —que tenía una puerta a cada extremo, cada una a una calle diferente—.

Por supuesto no era consciente de muchas cosas.
Una de ellas era el enorme esfuerzo que mis padres hacían por sacar adelante un negocio complicado, con una competencia feroz, donde cada céntimo cuenta.

Esa frase se quedó grabada en mi cabeza de oírsela decir a mi padre: «Cada céntimo cuenta, cuesta mucho trabajo ganarlo». Aún la tengo presente cada vez que pienso en invertir en un smartphone de más de mil euros o en un ordenador de más de dos mil. Cada céntimo cuenta.

Hoy las reglas del juego han cambiado. Pero no para el pequeño negocio. Cada céntimo sigue contando.
Mi padre siempre se ha enorgullecido de, tras haber llevado a cabo una enorme inversión a crédito en aquel local hace ya más de 40 años, haber saldado sus deudas en la mitad de tiempo de que disponía para hacerlo. Letra a letra, céntimo a céntimo.

El negocio funcionaba, a base de mucho esfuerzo. Y cualquier tipo de lujo, grande o pequeño, era inalcanzable cuando debías una enorme suma de dinero. Cada céntimo contaba y contó, cada céntimo donde debía ir.

Recuerdo una anécdota, una especie de chiste malo de hosteleros.

– Oye, ¿cómo es posible que vendas las Coca-Colas a diez duros si te cuestan once?
– Ya, ¡¡pero vendo muchas!!

Casi ni gracia tiene, por absurdo. Un trasfondo real, casi dramático cuando se habla de un negocio.

Había locales que se llenaban de un día para otro, enamoraban a la clientela. Bebida a un coste contenido, tapas gratis de jamón, calamares, etc., bandejas con género de la mejor calidad que salían de cocina y se vaciaban en menos de un minuto, y una enorme masa de clientela que reclamaba más.
Cubalibres bien cargados que reducen en un treinta por ciento el número de copas por botella.
Clientes que comían a base de bien con un par de consumiciones. De modo algo menos evidente, Coca-Colas que cuestan once duros a diez. Orgullosos propietarios —sin sentido común— que ven sus locales llenos y su negocio derrumbarse.

Esto existe hoy, por supuesto. No es difícil verlo si se afina el ojo.

Si haces algo así, más te vale tener un plan.
Una estrategia del cambio —si no es estúpida mucho mejor—, un modo y plazo para cruzar la línea a partir de la cual tu negocio comience a ser rentable.
El día que retires las bandejas de jamón y calamares gratis, la gran mayoría de esos clientes se irán. ¿Qué harás?

No eres Amazon, ni Uber, no eres una gran startup que recibe rondas de financiación externa.
No puedes lanzarte a una estrategia de este tipo sin un plan.
Es necesario que sepas cuándo y cómo la inversión comenzará a retornar, y es necesario que sepas que podrás aguantarlo. De hecho, mejor si puedes aguantarlo varios meses más de lo que has previsto.

Si tienes un pequeño negocio tu margen de supervivencia es otro. Cada céntimo cuenta.
Es necesario que reduzcas los gastos al mínimo, y que ingreses más que gastas. Cada céntimo cuenta.
Es necesario que te mantengas lejos del límite que no podrás soportar.
Mucha gente corre hacia él, como si fueran a premiarles. Pero tú eres más inteligente, ¿verdad?

Fin de semana

Fin de semana.
Momento para relajarse, para un necesario descanso.
Para atender a esos hobbies olvidados, para disfrutar de familia y amigos.

Es sábado, o domingo.
Quizá nos hayamos visto.
Es posible que me hayas atendido en la panadería esta mañana.
O en ese momento en que he ido a llenar el depósito del coche.
Puedes haberme atendido en la cafetería del centro comercial.
O en cualquiera de esas grandes tiendas, cuando estaba de compras.
Puedes haberme ayudado a restablecer mi línea telefónica desde Sevilla.
Incluso haberme atendido en ese bar perdido en el mapa en nuestro día de senderismo en familia.
Quizá, incluso desde el servicio de urgencias del centro de salud cuando mi hijo se encontraba mal.
Puedes haberme asistido cuando necesitaba ayuda.
Y puedes haberme ayudado a cubrir necesidades básicas.
O simplemente haberme resuelto una duda.
Cualquiera de todas ellas, o varias.
O puede no haber pasado, pero que ocurra en el futuro.
Puede que no nos crucemos nunca, pero lo hagas con otras personas.

Quizá te guste tu empleo. O quizá no.
Quizá sólo lo haces porque lo necesitas. O quizá no.
Es posible que creas que tu empleo es muy importante. O no.
O que la comunidad se encargue de decirte cuánto de importante es.
Y puede que les creas, o puede que no.
No importa realmente.

Estás ahí cuando tengo —tenemos— una necesidad, por banal que sea.
Estás ahí llueva o nieve. Siempre.
Sé que estas y me tranquiliza. No le doy mayor importancia.
Y quizá no te he dado las gracias más allá de lo que dicta la buena educación.
Pero quiero que sepas que agradezco profundamente que estés ahí.
Quiero que sepas que eres más importante de lo que seguramente crees.
Yo también estaré aquí si me necesitas.
Gracias.