El regreso a la oficina

Una pandemia nos forzó a salir de la oficina, y eso a adoptar cambios profundos en la forma en que muchas personas trabajaban. El trabajo remoto explosionó. Eso reservado a pocos llegó a todos, y lo hizo —como decían muchos— para quedarse.

Pero ese blanco o negro por el que muchos optaron era, fundamentalmente, la respuesta del poder a una situación que le anulaba por completo. Un lo hago porque yo quiero y no porque nadie me obligue a ello. Y se hicieron muchas promesas, algunas para siempre.

El tiempo suavizó la presión que ejercía sobre el poder y este cambió de opinión. Todos los argumentos que en su día sirvieron a la nueva dirección se han relativizado, y ahora el regreso a la oficina es inminente.

En la mayor parte de casos se produce porque algo no marcha y no se sabe muy bien por qué. Eso es un tema tabú en el mundo en que todo se mide y todo se sabe, por lo que no faltan argumentos tan válidos como los que antes se utilizaron para respaldar lo contrario.

Siguen llegando pruebas que parecen indicar que el regreso a la oficina no tiene sentido. Al menos no en algunos casos. Pero hay piedras con las que es necesario tropezar.