Fallos

«Mi cabeza está llena de fallos y yo escribo con esa cabeza. Si un ordenador tuviera tantos fallos como tiene mi cabeza, se podría romper», ironizó Haruki Murakami en una entrevista concedida a EFE en Oviedo, pocos días antes de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Fallos es lo que generalmente nadie quiere. Hoy, en la época de la Inteligencia Artificial aún mucha gente bromea con algunos garrafales en las respuestas de ChatGPT o Bard. Algún día serán tan pocos que tenderán a cero.

Pero las personas… somos otra cosa. Como dice Murakami estamos repletos de fallos. En ocasiones nos desesperan, en otras nos hacen bromear y en muchas —muchas, muchas— nos atraen. La perfección, o acercarse a ella, puede resultar útil en muchos aspectos pero casi nunca resulta atractiva.

No facilita disertar, ni rebatir, uno por obvio y otro por absurdo. No resulta atractiva porque mata la opinión. Es aburrida.

Y las personas necesitamos todas esas cosas en nuestras imperfectas vidas, aunque ansiemos alcanzar operaciones quirúrgicas perfectas. Todo tiene su espacio y su lugar, sus virtudes y defectos.

Una perfección global y súbita mataría al ser humano. Quizá por eso todo lo que es capaz de superarnos hasta el extremo de acercarse a ella debería quedar relegado a determinados campos y no avanzar sin piedad ni control.