Experimentar

Experimentar.
Según Wikipedia, un experimento es un procedimiento llevado a cabo para apoyar, refutar, o validar una hipótesis.

Evidentemente, su mayor o menor grado de rigor depende de muchos parámetros. Por un lado el omnipresente «qué» se quiere validar o refutar, y por otro el margen de error admisible.
En función a esos datos se pueden establecer los «cómos». Y es que para dotarlo de un mínimo rigor puede ser necesario contar con un mínimo de cien mil muestras para análisis y comparación, o puede que baste solo una.

Ahí me encuentro yo.
Me gusta experimentar. Y únicamente necesito una muestra.
Una concreta. La mía.

Me gusta experimentar con sensaciones, me gusta encontrar nuevos caminos y explorarlos. Me gusta comprobar si puedo reafirmarme y dotar de más peso —siempre dentro de mi escala particular y subjetiva— una idea o creencia que presumo de cierto valor. Esto es suficiente para mí, porque me aporta el resultado que busco. Un impacto controlado y reducido a una única muestra. Un experimento personal.

En ese sentido, siempre tengo algo en marcha.
Algo que me saca de mi zona de confort, algo que me obliga a ser consciente. Es un —enorme— derroche de energía y un ataque directo a la eficiencia. Me pone a prueba. Y me ayuda a llegar a conclusiones a las que no llegaría de otro modo.

Me ayuda a conocerme por dentro, me da información a través de un trabajo interno que luego tiene gran repercusión en mi trabajo externo. En qué hago cada día, en para qué lo hago y en el modo de hacerlo.

Un ejemplo es mi propio sistema de listas de organización personal.
Cambio de software, cambio de estructura, cambio de enfoque. No busco el software perfecto. Ni la estructura perfecta, ni la taxonomía perfecta para mis listas. No es un trabajo centrado en herramientas, tecnología o software. Es un trabajo centrado en la mente.

Busco el equilibrio, busco acercarme a la perfección en lo que se refiere a sensaciones y sus consecuencias en lugar de dejarlo al azar. Exploro para comparar qué y cómo lo siento y los comportamientos derivados. Exploro dentro, no fuera.
No ocurre de forma premeditada. Ocurre cuando lo necesito, cuando debe ocurrir. Es una necesidad que se presenta sin llamar antes.

Se trata de un espacio que —por firme convicción y sumisa resignación— necesito. No soy el único. Ni soy el único que desde hace años experimenta haciendo estallar en añicos la eficiencia en su vida.

Esta inversión de recursos tiene un precio y un retorno. ¿Compensa?
En mi caso la respuesta es un rotundo sí. En el tuyo puede ser otra.

Otro ejemplo es el enfoque que he dado a este blog.
Consecuencia del reciente cierre de una etapa de mi vida, tomé de la decisión de no volver a arrepentirme jamás por dejar de ser fiel a lo que soy, a lo que pienso y a lo que hago. Y yo soy —siempre he sido— un «calidad sobre cantidad», un «menos es más» por convicción, un enemigo acérrimo del decoro insustancial. Para todo. Tribu y no multitud.

Así que he decidido ponerme a prueba de nuevo, salir de mi zona de confort y experimentar. Dejar a un lado el altavoz que brindan las redes y canalizar esa energía hacia algo nuevo para mí. Algo que me rete y me ayude a mirar hacia adentro. Y esto se traduce en escribir más, mucho más.

Durante este presente 2021 publicaré una entrada diaria en este blog, Dios mediante. Y de ese compromiso nace el poco original término de Bleet, entradas rápidas autolimitadas a cien palabras que cubrirán gran parte del calendario futuro.
Cien palabras bastan para poner sobre la mesa una idea, opinión o consejo. Sin florituras, relleno, autobombo o demagogia barata. Sin darle vueltas a la misma frase durante cinco minutos.

Espero que te gusten y, sobre todo, te inviten a la reflexión. Seguimos experimentando.