GTD® aporta libertad, pero…

GTD® aporta libertad, pero… ¿Qué quiere decir ser libre?

Según la R.A.E.:
1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
2. Estado o condición de quien no es esclavo.
3. Estado de quien no está preso.

No sólo factores externos encarcelan, limitan o exclavizan. Tus (mis) sesgos, ignorancia, acomodamiento, desgana, falta de recursos o incapacidad crean auras inexpugnables. Disfrazas cárceles de libertad para sentirte mejor y no luchar en contra. Lo consientes, te sometes.

Libertad implica rascar más profundo. Inconformismo. Ser libre se construye.

Propósito colectivo

Trabajas en equipo, aunque no lo sepas. Variados colectivos y variadas metas: tu equipo de baloncesto amateur, tu familia, tu empresa o tu departamento.

Y un propósito colectivo en cada caso. Un motivo de existir, un «para qué» a esa alianza que necesita estar sobre la mesa. Que cada integrante lo conozca, lo valide y lo apoye. Lo haga suyo. Que se integre con su propósito vital.

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo se alcanzaría, vería y sentiría el fracaso? ¿Y el mayor de los éxitos? ¿Qué nos falta? ¿Cómo conseguirlo?
Todas las respuestas adecuadas parten del propósito colectivo. Todas.

Un selfie de tu empresa

Sabes qué es un selfie, quién no ¿verdad?
Tan realistas y espontáneos en ocasiones, tan edulcorados y maquillados casi siempre. Fondos bonitos, rostros sonrientes, poses felices. Casi nunca tristeza, desesperación o soledad. Marketing de vidas, personas y momentos.

Humaniza por un momento a tu empresa o puesto, lo que sea que haces profesionalmente, e imagina que pudiera hacerse uno y entregarlo al mundo. ¿Cómo se vería? ¿Estaría solo o sola? ¿Acompañado? ¿Sonreiría? ¿Y su mirada? ¿Qué transmitiría?

Ese selfie empresarial existe. Quien te rodea lo ve. Tus clientes, compañeros. El mundo.
Cada día es otra oportunidad para una nueva toma.

Estrés por no saber a dónde ir

Confiésalo. Te incomoda profundamente. En ocasiones llega incluso a paralizarte. El estrés por no saber a dónde ir es una constante que amarga cada recorrido que se presenta ante ti.

Imagina que te encuentras en una ciudad desconocida y necesitas ir desde donde te encuentras a otro punto a un par de kilómetros. Sales a la calle y no sabes en qué dirección comenzar a caminar. No tienes móvil, ni Google Maps. Pero te permiten darle un vistazo rápido a un mapa en papel, un par de minutos.

La adrenalina se dispara. Necesitas situar en qué punto te encuentras y también a qué punto te diriges. A partir de ahí comienzas a grabar en tu mente el recorrido mentalmente siguiendo el mapa. Esta calle hasta aquí, giro a la izquierda. Tres esquinas más adelante, giro a la derecha… emprendes rumbo y tu cerebro está firmemente enfocado en esa ruta que acabas de estudiar. Apenas ves nada, no te fijas en los comercios, ni en la gente que pasa, ni en los coches… en nada.

De repente te dispones a cruzar la calle en estado de plena concentración y viene un coche que no has visto. Te da un susto de muerte. El conductor te pita, te da voces a través de la ventanilla, pero gracias a Dios has tenido suerte y estás a salvo. Te dispones a continuar tu viaje y esa ruta perfecta ya no está grabada, se ha esfumado. Con algo de suerte tendrás clara la dirección aproximada en que vas, pero nada más. De nuevo la incertidumbre.

Ahora, imagina la misma situación pero en este caso el lugar al que vas es la Torre de Cristal.
Te asomas a la ventana o sales a la calle y la ves ahí, dominando el cielo de la ciudad. Solamente necesitas ir avanzando en su busca, de forma relajada, acercándote cada vez un poco más. Si te encuentras un obstáculo puedes rodearlo sin miedo a perder tu rumbo, sigue ahí marcando tu meta, esperando a que levantes la mirada.

Puedes fijarte en los comercios, en la gente, en las calles. Empaparte de la ciudad, disfrutar tu camino. Sabes a dónde te diriges y no necesitas ni una ruta marcada al milímetro ni enfocar tu atención de forma plena en el próximo giro que necesitarás dar.

Tu vida es un recorrido como este y puedes hacerlo de ambos modos.

No necesitas una ruta detallada y desde luego no necesitas sentir constantemente una profunda sensación de estrés por no saber a dónde ir. Lo que necesitas es plantar tu rascacielos en tu meta; sea más grande o más pequeña. Sea un proyecto a corto plazo, sea algo que quieres alcanzar a un par de años o tres, o sea ese lugar en que quieres estar al final de tu vida. Planta rascacielos en cada uno de esos puntos, más altos cuanto más lejos estén de modo que los veas bien, sin esfuerzo, sin miedo a perderlos de vista.

Son tus resultados, tus metas, tu propósito. Ahora puedes hacer tu viaje de forma relajada, con la seguridad de que están ahí esperándote. Puedes sentirte libre de cambiarlos de lugar si es necesario, son tuyos y sólo tuyos.

En GTD®, la sobre-planificación forzada de tu estresante ruta del primer ejemplo se ve sustituida por la marcha relajada hacia tu rascacielos del segundo. Se llama Perspectiva y es un juego en que tienes la total y absoluta libertad de poner tus rascacielos donde quieras, de añadir más o de eliminar otros, de moverlos. Y de hacer tu camino (tu vida) de forma relajada, disfrutando, mientras te diriges hacia ellos.

Radio pirata

¿Has visto «Pump Up the Volume» (traducida al castellano como «Rebelión En Las Ondas»)?

Cine adolescente de los 90. Un género con poca chicha.
Eso lo dice todo… O quizá haya que buscarle el sentido.

Un adolescente tímido que no dice nada pero tiene mucho que decir. Una radio pirata, nocturna. Película insípida. O no.

Te he visto en ella. Tienes mucho que decir pero no puedes.
Los muros que has levantado —tú y solo tú— te lo impiden.
Quizá necesites una vía de escape. Tu propia radio pirata.

¿No puedes dormir? Ponte «Everybody Knows» y busca el modo de montártela.

La envoltura vende

Es una realidad, la envoltura vende. Pasas ante una confitería y de repente tu atención se dispara. No sabes a dónde mirar. Qué aspecto magnífico tiene todo. Ya ni siquiera recuerdas que has desayunado hace quince minutos, tu cuerpo reacciona y comienzas a salivar. Hasta te olvidas de que has salido de la oficina con el tiempo justo para ir a ver a un cliente. Imaginas como tu paladar reaccionaría al degustar lo que estás viendo.

Cuando por fin te pones manos a la obra para buscar —con la intención de contratar— algún tipo de servicio profesional te ocurre algo similar. Buscas en Google y examinas atentamente las primeras posiciones que te presenta, te ofrecen seguridad. Buscas una imagen corporativa potente, unas oficinas ostentosas o una extensa página «sobre nosotros» saturada de grandes logros que en muchas ocasiones no alcanzas a comprender realmente qué significan o cómo transforman esa opción en tu mejor opción. Pero definitivamente es una de las mejores.

Esto no es nada nuevo, siempre ha sido así en determinados aspectos. Y desde hace varias décadas crear la envoltura adecuada a cualquier cosa en la que puedas pensar se ha convertido en un noble arte, en magia que pretende —y muchas veces consigue— hacerte ir un paso más allá. Transformar deseo en acción.

Marketing, venta, persuasión. Todo. Toda envoltura bebe de ellos aunque ellos son mucho más que envolturas. Están presentes en cualquier lugar al que mires, en cada sonido que escuches.

El aspecto de las tartas es envoltura. Y las primeras posiciones en Google. Las oficinas, la carta de presentación con multitud de logros y promesas, el blog de esa persona que trata de posicionarse como experta en su sector, el podcast que escuchas mientras conduces, la ropa que vistes, tus gestos. Todo lo que se te ocurra es envoltura o se compone en un —alto— porcentaje de ella. Un paquete de servicios es envoltura, y el cómo te lo venden es la envoltura de la envoltura. La lista de envolturas es infinita.

El problema de la envoltura es que no permite ver qué esconde en su interior. Hay envolturas más transparentes y las hay menos, pero su grado de transparencia solo lo conoce —y en ocasiones, no siempre— quien las crea y envuelve con ellas. Las mejores de todas, las realmente buenas, son (casi) transparentes. Pero tú solo puedes intuirlo, no lo sabes realmente.

La envoltura apropiada puede hacerte ganar muchos clientes pero no mantenerlos. La confitería o el profesional que realmente fidelizan a sus clientes lo hacen o bien porque su envoltura tiene un alto grado de transparencia, o bien porque han diseñado una envoltura opaca que esconde en su interior algo mejor de lo que en principio muestra. En el primer caso, más clientes prueban sus productos o servicios y el grado de satisfacción es acorde a lo que esperaban. En el segundo, menos clientes se aventuran a dar el primer paso pero tras hacerlo su grado de satisfacción es muy elevado, acorde al hecho de que sus expectativas se han visto superadas. Una envoltura demasiado mala redundará en inexistencia de clientes y sin clientes no hay satisfacción. Una buena que esconde un mal producto o servicio funcionará mejor a corto pero peor a medio y largo plazo.

Existe una frase que afirma que cuesta menos fidelizar que generar venta a nuevos actores. En general yo no estoy de acuerdo. Existen muchos matices determinantes —algunos de gran peso— que deben ser tenidos en cuenta, que hacen que esa afirmación no siempre sea correcta. Ni siquiera casi siempre. Quizá ni en la mayoría de ocasiones.

Fidelizar es viabilidad a largo plazo. Fidelizar también es, en cierto sentido, síntoma de que se está haciendo uso de una envoltura con un alto grado de transparencia o se dispone de un contenido de superior calidad al que ésta transmite. También es un signo claro de haber localizado y llegado a los actores oportunos. Y fidelizar es envoltura en sí mismo; marketing, venta, persuasión, todo. Fidelizar es más que envoltura aunque la incluye, y cuesta más que envoltura a secas. También retorna más, mucho más. Es confianza. Y un actor adecuado, el que cree en el valor que recibe y está dispuesto a difundir y recomendar es la mejor envoltura jamás creada.

Equilibrar —de un modo eficiente— envoltura y lo que esconde es una labor complicada, y dicho equilibrio no se encuentra en el mismo lugar para todos los productos, servicios o personas.

Cuanto mejor es lo que haces o más aporta lo que vendes más transparente puede ser la envoltura que apliques, y por tanto menos recursos tendrás que invertir en confeccionarla y mantenerla. Tu trabajo la potenciará y la coherencia entre lo que haces, dices y proyectas será una constante, lo cual alimentará de forma continuada y constante la confianza de tus clientes. Cuanto peor es lo que haces más opaca debe ser tu envoltura, y más envoltura sobre envoltura necesitarás. Tus recursos se verán consumidos en su totalidad en este proceso de crear y mantener unas envolturas sobre otras. Nunca podrás permitirte mejorar la esencia que se esconde bajo todas ellas y la confianza en lo que haces se verá penalizada antes o después.

Al final, lo que perdura es el valor. Por mucho que hagas o digas, por mucho que ocultes o muestres. En un mundo en que la oferta supera muy ampliamente la capacidad —por déficit económico o de recursos, de disponibilidad o ausencia de necesidad— de consumo de las personas, lo único que no ha cambiado es que todo el mundo quiere invertir en lo que le retorna más que le cuesta y nadie quiere invertir en lo que le cuesta más que retorna. El mal marketing pone su foco en la venta, el buen marketing pone su foco en el valor. La respuesta siempre está en el valor.

Lo (no) evidente

Hace unos días pasé frente a un negocio y no pude evitar fijarme en que a su rótulo exterior le faltaba una letra. No se apreciaba cuál era, pero dentro del marco del término en cuestión era evidente.

Tras un instante lo comenté con quien me acompañaba, un comentario pueril e inocente. De esos que salen de tu boca sin apenas pensar, casi más por decir algo y romper el silencio.

Él, que es una persona de ese barrio de toda la vida, sonrió primero y me corrigió después.

«No se llama así. La letra que falta es una «a»». Volví la mirada atrás, sorprendido. Siendo totalmente sincero, debo decirte que lo hice más por buscar alguna prueba que apoyase mi presunción que por otro motivo.

«Ese comercio lleva ahí 40 años y ha cerrado este año, qué cosas…» —Prosiguió— «Esa letra tiene historia. Se cayó hace un montón de años y de ahí surgió su nuevo nombre. Casi todo el mundo que no lo conocía de antes comenzó a llamarlo así, presumiendo lo mismo. Mi madre iba mucho, y en una ocasión salió ese tema de conversación y le dijeron entre risas que mucho mejor dos nombres por el precio de uno. No parece que nunca les haya preocupado.»

Vaya. Pues no iba a poder convencerle, disponía de demasiada información. Pero tampoco hacía falta, claro.
Tras procesarlo brevemente no pude evitar sonreír también al pensar cuánto se me (te) escapa por no dedicar un momento a mirar con otros ojos, a pensar, analizar, cuestionar mínimamente o preguntar en lugar de suponer. Por depositar confianza ciega en algo que nadie ha dicho que tenga que ser así.

Ocurre a diario, a todas las personas y en todos los lugares. En muchas ocasiones no te das cuenta, pero ocurre. Y en muchas ocasiones su resultado apenas tiene trascendencia más allá de la anécdota. Pero cuanto más ocurre y más lo pasas por alto, más te reafirmas en un comportamiento de cuestionable beneficio. Obtener resultado sin coste siempre es apetecible pero nunca sale gratis. Y en ocasiones sí trasciende.

Pequeños momentos como este sirven para abrir un espacio a la reflexión sobre tus (mis) comportamientos y sesgos. Magia encerrada en un comentario pueril que pudiera no haber visto la luz jamás. Fortuna en lo espontáneo y ocasional. Oportunidad para admitir como lo evidente juega con nuestra mente y no lo es tanto. Oportunidades perdidas y refuerzo de conductas indeseables por tener tanta prisa, por abrazar la primera opción.

Procura dejar siempre espacio a otras opciones, a lo (no) evidente.

Sé más eficaz, parte 2 capítulo 14

Fiel a su cita semanal llega el análisis de un nuevo capítulo del libro «Sé más eficaz» de David Allen al blog de Aprendiendo GTD. Esta semana cierra una parte del libro, la primera, y comienza la segunda por medio del capítulo 14: Para más claridad mira desde más arriba.

Este capítulo no puedes perdértelo.

Un capítulo que trata sobre la volatilidad y sus consecuencias; la receptividad, la adaptación constante, el inconformismo en lugar de la sumisión y el pensar en términos de metas, resultados y la siguiente acción que te acerque a ellos para meterte de nuevo en el juego de tu vida. La actitud de alguien que hace algo frente a la sumisión de nadie que no hace nada.

Dicen que vida solo hay una. Tú decides si te rindes y sometes, o si aún tienes algo que decir. Actitud.

Un lugar para cada cosa

Un lugar para cada cosa. Y cada cosa en su lugar.
Principio básico en términos de efectividad. Simple.
Intuitivo, de aplastante lógica.

Este principio se aplica mucho menos de lo que cabría esperar y, desde luego, mucho menos de lo deseable.

Piensa en tu casa. En tu oficina. En tu escritorio. O en tu archivo.
¿Has definido un lugar unívoco para cada cosa? ¿Está cada cosa en ese lugar?

Seas más o menos consciente, pagas un alto precio por romper este principio.
No necesitas más RAM ni CPU para eso. Malgastas recursos.
Necesitas eficiencia, un lugar para cada cosa.

¿Quién y qué te debe?

Abraham – Nuevos datos de acceso a web colegiomontedeva.eu – 30/04/21
Amazon – Cargador de batería para coche – 07/04/21
Andrés – Informe con datos de facturación 1T – 05/04/21
Dra. Mateos – Aportar cita para nueva revisión antes del 30/04 – 10/03/21
Fernando – Libro Organízate con eficacia ed. 2015 – 27/02/21
Movistar – Dos tarjetas multisim para línea de Karla – 29/03/21
[…]


[Quién me lo debe] – [Qué me debe] – [Desde cuándo me lo debe]

¿Quién y qué te debe? ¿Desde cuándo? ¿Lo tienes controlado?
No, por favor. A estas alturas no me digas «déjame pensar…».
En GTD® esta lista se llama «A la espera».
En serio, necesitas una.