Tres opciones para decidir

Tres opciones. Puedes decidir, puedes decidir no decidir aún, y puedes no decidir en absoluto.

La primera suele ser la mejor. Es la que genera resultados de algún tipo y es la que cierra una caja que, quieras o no, ha sido abierta en el mismo momento en que la posibilidad de decisión se presenta ante ti.

La segunda no está mal. En ocasiones puede ser, incluso, la más recomendable. Clasifica tu caja en un almacén, esperando que un día acudas de nuevo a ella. Si la repites una y otra vez, necesitarás un almacén grande.

La última es la menos recomendable y, junto a la anterior, la más extendida. Cuando las decisiones pendientes se acumulan, llega un momento en que tu propia mente se auto-inmuniza. Pero nada deja de existir por el mero hecho de que prefieras que no exista.

Tres opciones para dirigir tu vida, todas condicionadas por un término que las marca profundamente: riesgo. Solamente las personas que arriesgan suelen quedarse con las primeras de la lista.

Desde un ángulo diferente

Cuando no consigues resolverlo, cuando repetidamente obtienes un resultado que no es el que estabas esperando, puede ser necesario comenzar por mirarlo desde un ángulo diferente.

Cuando funciona, quizá podría funcionar mejor. Necesitarías comenzar por tratar de observarlo desde un ángulo diferente.

Y cuando aún no existe, solamente un ángulo diferente al actual puede crearlo.

El mundo no es estático. Se mueve, todo el tiempo. Puedes hacerlo también, si miras desde un lugar único juegas en desventaja.

Importa lo que haces

No importa lo que sabes, importa lo que haces con ello. Esta idea ha sobrevolado las páginas de este blog en diferentes ocasiones, de una forma u otra. El tiempo ha pasado, nuevas publicaciones han ido llegando y esa idea se ha ido quedando enterrada bajo decenas, cientos de ideas más.

Por ese motivo, cada cierto tiempo es necesario un recordatorio. Algo que te recuerde que el conocimiento se encuentra en todas partes y que no importa cuántas publicaciones de blogs leas, cuántos libros, cuántos vídeos, cuántos podcasts escuches o cuántos cursos hagas.

Importa lo que haces con el conocimiento que el mundo pone a tu disposición. Cómo te involucras, cómo lo utilizas y qué eres capaz de producir con él. Importa qué mejora en tu vida a través de ese conocimiento. E importa qué mejora en la vida del resto de personas al relacionarse con alguien como tú.

Ve y busca qué quieres, compáralo con qué haces, y dota de sentido el espacio vacío entre ambos. Siempre hay demasiado que hacer, pero no todo importa igual. Y siempre hay demasiado que aprender, pero se olvida el para qué.

Otra oportunidad

Primeras impresiones son solamente primeras. Dale siempre otra oportunidad.

Cuando crees que está roto, permítele que funcione. Si la impresión es mejorable, da espacio para permitir que lo haga. Cuando la impresión es buena, aguarda que se confirme. Cuando no puedas más, pregúntate cómo podrías. Y si crees que funciona, permítele demostrar si merece intentar mejorarlo.

Elige. Actúa. Pero da espacio. Tolera el error y permite nuevas oportunidades. Pregúntate qué sería mejor aún. Confirma. Ábrete. Y nunca, nunca, te quedes con A si aún no existe B.

La urgencia

La urgencia. ¿Realmente alguien necesita aclaraciones sobre qué es urgente y qué no lo es? Es posible que sí, y sin embargo ni siquiera lo sepa…

¿Qué es urgente?

Si oyes una sirena de policía o ambulancia, seguramente sea urgente. Y si oyes una sirena de alarma nuclear, eso sí que podría ser muy urgente. ¿Pero que hay respecto a tu vida? ¿Qué es urgente para ti? ¿Cuándo y cómo determinas que algo es urgente o no lo es?

Si te pones a pensar en tu yo futuro y te vislumbras con setenta años, pensando sobre cómo te arrepientes de no haber hecho algo en tus cuarenta, ¿Cuándo se convierte en urgente? ¿Cuando cumplas cuarenta? ¿Cuando cumplas cuarenta y nueve? ¿Ahora, que tienes cuarenta y cinco?

Si tienes cuarenta y cinco, la mitad de tus 40’s se han ido y aún no has hecho nada más que echar papeletas para arrepentirte a tus setenta.

La realidad es que cuando determinamos que algo es realmente urgente, no pensamos demasiado en ello. No lo necesitamos. Nos ponemos manos a la obra. Hoy. Ahora. Ya.

Pero existe otro tipo de urgencia.

Ese otro tipo de urgencia es la de imprimir el informe que tienes que entregar la semana próxima. O la de comprar los billetes de avión antes de que las plazas se agoten. La de comprar los ingredientes para la comida del domingo.

Puedo hacerlo mañana. Puedo – hacerlo – mañana.

Pero en algún momento, dejas de poder hacerlo mañana. Se convierte en imprescindible hacerlo hoy. En ocasiones sabes cuando llega ese momento, por ejemplo en el caso del informe o de la comida del domingo. En otras, podrías no saberlo, como en el caso de los billetes de avión.

Y luego está el factor plazo. Quizá hoy convierta ese tema en extremadamente urgente para una persona, pero sin embargo para otra, extremadamente urgente solamente pasará a ser cuando falte una hora para el desastre.

Una hora antes de entregar el informe, una hora antes de que cierre la carnicería.

Y existe un lado más.

Etiquetar como urgente aquello que no lo es, con la única intención de destacarlo por encima del resto. De motivarnos a hacerlo, de darle salida.

Porque sabemos que cuando es urgente, nos ponemos en marcha. E ingenuamente pensamos que podemos utilizar esa etiqueta en nuestro beneficio, hackeando nuestra mente para que trabaje en base a la información que nosotros deseamos que maneje.

Pero nuestra propia mente conoce mejor que nadie a nuestra propia mente, y se da cuenta de la soberana estupidez de estrategia que ella misma ha tratado de desarrollar.

El centro y las esquinas

Cuando tratas de conquistar un área regular necesitas hacerte con el centro. Es el lugar desde el que controlas más fácilmente todo el área, el lugar desde el que ningún punto está demasiado alejado.

Pero no puedes aparecer, por arte de magia, en su centro. Para conquistar el centro se comienza por las esquinas. Los puntos donde la fricción es menor, donde se produce un gran número de pequeñas conquistas que van sumando. Donde puedes ir avanzando y ganando terreno. Poco a poco.

Y ese es el secreto. Poco a poco. Las esquinas primero. El centro cae, cuando has avanzado lo suficiente desde cada una de ellas. Generalmente mucho es una suma de pocos que solamente entrega la constancia.

¿Cuándo se rompe la cadena?

Todo el mundo tiene una cuenta en Facebook porque todo el mundo antes la ha tenido.

¿La necesitan?

Es posible que no, pero ¿para qué iban a preguntarse eso? Entonces todo el mundo sigue a todo el mundo hasta que de repente alguien deja de hacerlo. Y entonces alguien sigue a quien no lo ha hecho y de repente la cadena comienza a romperse.

Muchas personas permanecen en la comodidad de seguir la cadena, pero otras se fijan en la alternativa y se preguntan para qué antes de tomar una decisión.

Llega un momento en que la alternativa es tan visible, que muchas personas dejan de abrirse una cuenta en Facebook por el mero hecho de que muchas otras antes han elegido no hacerlo.

Y entonces una cadena rota da lugar al nacimiento de una diferente, donde todo el mundo deja de hacer algo porque todo el mundo antes ha dejado de hacerlo.

Esta cadena también se romperá. Todas lo hacen. La pregunta es cuándo. Quién dirá no primero. Cuál será la alternativa. A que lado te pillará. O si pensarás primero la próxima vez.